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Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

Diarios. Léon Bloy.

FAUSTO | 06 Setembre, 2007 09:58

Léon Bloy, (Périgueux, 11 de julio de 1846 – Bourg-la Reine, 3 de noviembre de 1917) fue un novelista y ensayista francés. Pasó, en su juventud, del anti-catolicismo militante al catolicismo ferviente pero siempre fue combativamente anticlerical, del clero del momento histórico que le tocó vivir: “...sus seminaristas idiotas y malhechores, que ambicionan el sacerdocio que les conferirá el favor de poder crucificar a Jesús cada día”, y fue, también, un anti-burgués furibundo: “Cuando a los mundanos les falta el dinero, les falta todo y su miseria es espantosa”. Hermano de la pobreza como San Francisco de Asís: “La miseria tiene esto de bueno, que nos fija, como clavos, en la Mano de Jesucristo” y latinista, aunque no filósofo, como Santo Tomás de Aquino, fue, como ambos y tantos otros esclarecidos, un enamorado de Jesús.

Recientemente escuché en la radio a un erudito catedrático, ex-sacerdote, explicando las escasas referencias históricas que existen sobre la vida de Jesús y diciendo que casi todo lo que se escribió sobre Él son leyendas sin evidencias históricas. Seguramente es verdad. Pero lo que probablemente no conoce el tal erudito son los canales mediante los cuales Dios se manifiesta al ser humano. Es irrelevante que Flavio Josefo hable poco o casi nada de Jesús, ¿es que acaso si hubiera escrito mucho, por eso, el mundo sería cristiano?  A dicho experto, como se dice ahora, Léon Bloy gritaría: “¡Un alma a la que Dios asedia con toda su potencia! ¡Cabe imaginar algo más bello!”,  o bien, “Sobre la tierra vemos lo invisible por medio de lo visible. Después de la muerte, veremos lo visible por medio de lo invisible.” No podía soportar los lugares comunes –escribió una exégesis en dos partes sobre ello– y como comenta Cristóbal Serra, traductor fiel y vigoroso, en el prólogo de la presente edición, Bloy fue quien descubrió que el mundo moderno era obra del criterio de la Cantidad, que había postergado al criterio de Calidad: “La Divinidad moderna es el ídolo Cantidad, el dios Quantum”. Léon, fue un violento polemista, lo que le granjeó muchos enemigos y el boicot del mundo literario y católico de su tiempo (hoy se diría que le faltaban habilidades sociales: “En cuanto a la habilidad no la deseo. La sustituyo por la confianza en Dios...” ) y afrontó su vida desde muy pronto como testigo y apóstol de lo Absoluto: “Del Absoluto, pero, repitámoslo, el Absoluto es un viaje sin retorno y por eso quienes lo emprenden tienen tan pocos compañeros. ¡Imaginaos! Querer siempre la misma cosa, ir siempre en la misma dirección, marchar día y noche sin girarse ni a la izquierda ni a la derecha una sola vez, ni por un instante, no concebir toda la vida, todos los pensamientos, todos los sentimientos, todos los actos y hasta las menores palpitaciones sino como la continuación perpetua de un decreto inicial de la Voluntad todopoderosa...El temerario busca a sus compañeros. Comprende entonces que es capricho de Dios que esté él solo en medio de los tormentos y avanza entre la negra inmensidad llevando ante sí su corazón como una antorcha”.

No fue Bloy un afortunado, pasó muchas dificultades económicas: “Soy un perpetuo galeote de lo sublime”, siempre con la familia al borde de la miseria, de la que Dios, decía él, los rescataba por medio de algunos buenos y generosos amigos, y perdió a un hijo y a su primera mujer de forma dramática. Sin embargo, Léon encontró siempre consuelo en la fe: “Sé paciente y dulce hacia ti mismo. Es infinitamente probable que Dios no haga nada de lo que tú sueñas. Lo hará mejor”. ¿Fue Léon Bloy un desesperado?, él mismo nos responde: “El Dolor no es nuestro fin último, es la Felicidad celeste la que es nuestro último fin. El dolor nos lleva de la mano al umbral de la Vida Eterna. Allí nos abandona, al estarle vedado el umbral...La desesperación filosófica  consiste en no esperar Nada de los hombres y Todo de Dios...por lo que atañe a la otra desesperación, la teológica, la que no espera nada de Dios, la dejaremos para los burgueses que buscan la alegría de sus tripas.

También fue Bloy un hombre valiente y defensor de los pobres: “El colmo de la miseria humana es el desprecio de los pobres por los pobres. Sólo los pobres dan espontáneamente, los ricos quieren ser solicitados”  y de los judíos: “Se olvida o más bien no se quiere saber que nuestro Dios hecho hombre es un judío, el judío por excelencia, el León de Judá; que su madre es una judía, la flor de la raza judía; que los Apóstoles han sido judíos...¿cómo expresar la enormidad del ultraje y blasfemia que consiste en vilipendiar a la raza judía?

La muerte lo alcanzó en su casa, en plena I Guerra Mundial, según su mujer tuvo una muerte dulce y sin agonía. Años antes se había referido así a la muerte: “¿Hay para un ser humano algo tan importante como estar muerto? ¿Existe un estado más amable, más envidiable, más deseable, más exquisito, más espiritual, más divino, más espantoso que el estado de un muerto, de un verdadero muerto a quien se mete bajo tierra y que se ha presentado ante Dios para ser juzgado? Las contingencias vulgares, los deberes del mundo, la prudencia de los imbéciles, terminan ahí. Lo único que se trata es de saber si ha muerto en el seno del Señor. Uno es tragado por lo Absoluto. Uno es absolutamente dichoso o absolutamente desdichado, y eso se sabe absolutamente...”

Epílogo: Vita mutatur, non tollitur (La vida cambia, no se acaba); Sursum corda (Arriba los corazones).

Joan López Ferré

 
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