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Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

Matamalas y alegría

FAUSTO | 20 Maig, 2010 07:00

   “Ara que la vellesa definitiva m’espera en girar la cantonada, Nícies, entenc que, així com la suor de la mà ho fa amb el mànec de la falç, el frec dels anys treu lluïssors als records. Potser és per això que la llum encegadora d’aquells dies blaus i feliços d’Antígona han retornat a mi tota la vida com una bofetada de primavera a cada galta..”


Tomeu Matamalas escribe como si un griego del siglo IV A.c. tocara la batería.
Un hombre elegante, de cuya amistad toda madre estaría orgullosa; la barba perfectamente recortada, la mirada serena y la voz armoniosa; no viste túnica, pero lo imagino caminando por la vieja acrópolis con su amigo el poeta Mesquida, uno señalando hacia arriba, el otro hacia abajo; tampoco le resultaría desfavorable el atuendo de la Toscana o del Veneto renacentistas.

Acomete Matamalas la escritura de L’illa d’Antígona como un baterista experto construye la base de una canción: un fraseo constante con las escobillas, que jamás pierden el ritmo y que de vez en cuando acentúan un color en la melodía con un simple roce del platillo o del redoblante, y luego de un breve silencio, continua como si tal cosa, sin perder el compás y sin dejarnos nunca solos ni abandonados en la intemperie del ruido o de la grosería.

Y es un escritor percusionista que no necesita mostrar virtuosismo, porque sabe que el único permitido en el arte es el de la generosidad con el público, destinatario final de la obra, a quien, con puro amor, nuestro discreto dandi guiará hacia la alegría y el conocimiento.

Matamalas ejerce la más perversa de las vanguardias: ser clásico.
¿Qué es ser clásico?
Ser clásico, o escribir y vivir como un clásico, es buscar en cada acto de la vida el perfecto equilibrio entre los polos apolíneo y dionisiaco que cercan nuestra existencia. Es buscar la gracia que está más allá de lo puramente objetivo y que sólo se percibe si el artista es un hombre sabio, que vuelca con parquedad y alegría contenida todo su conocimiento en la obra, sin hacerse notar, como quien no quiere la cosa, con cierto aristocrático desdén hacía sí mismo.

El mismo desdén, en este caso hacia la muerte, que rige la narración y los pensamientos de Alexis: una madre partida por una cimitarra, una cabeza aplastada por una maza, un cuerpo femenino colgado de los pelos.

Una coloratura de la melodía acentuada por un toque de escobilla.

Una visión general de la vida y del Arte antirromántica, previa al desfogue insaciable de ego que padecemos desde el siglo XIX y que establece como propio de toda actividad artística a la introspección solipsista o a la mera glosa vacía.
Y ahí aparece Matamalas, dispuesto a fajarse contra cualquier tunante que niegue que haya libertad en la estructura y amplitud en el marco.

Pero Matamalas, no sólo es escritor y músico, sino también pintor, por eso podemos abandonar la imagen del baterista y concentrarnos en la de un travieso constructor de miniaturas que hace un prodigioso pase técnico, de ilusionista, y construye un artefacto que es a la vez, un complejo holograma, en el cual cada una de sus partes es también el todo, y un retrato de su cara, a la manera del artesano de Borges.

Tres padres y tres madres tuvo Alexis, y tres partes tiene la novela, y tres fueron las mujeres de su vida y tres los amigos pintores.
Y la Virgen, acosada, se transforma en Hagia Miriam, recuperando todo el poder y la desgracia de nuestra madre Lilith.
Y Sabrina es el complemento sereno de Melina.
Y Gentile la parte solar de Giovanni, pura luna.
Y hay tres formas de agua: el mar, el lago, la laguna.
Y dos ciudades, que bien miradas son tres: la aniquilada Constantinopla, la victoriosa Istambul y la eternamente moribunda Venecia.
Y hay una equilibrada analogía entre el griego puro y el koiné, reflejada por el uso de variantes mallorquinas (idò) con respecto al catalán del canon (doncs).
Y Alexis que se replica en Nícies, destinatario final de la historia del hombre con la marca de nacimiento en la cara.

Había olvidado un detalle. Para ser un clásico hay que establecer en la obra una visión filosófica de la vida. En ese sentido L’illa d’Antígona es una de las mejores representaciones ficcionales de la filosofía de Epicuro, detalle no menor en esta banal época de pseudo intelectuales de gafas de diseño y de neo bárbaros de calzoncillo a la vista.

El baterista, el pintor y el escritor, como en el viejo misterio de la Trinidad, al acabar el libro, se funden en una sola persona, que quitando importancia a todo lo dicho hasta ahora, me canta a capella una vieja canción italiana, reproduciendo el milagro que se manifiesta en cada uno de sus actos: la alegría de estar vivo.

Gabriel Bertotti

 
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