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Margen Cínico, una reseña de Alex Armega

FAUSTO | 06 Febrer, 2020 18:21

Por supuesto que se puede leer este libro como si fuera el primer libro que uno lee de Gabriel Bertotti, la sorpresa y el entretenimiento están asegurados, pero cuenta con ventaja aquel que también haya leído Margen Crítico (un hermoso libro que habla de libros y de literatura con el mayor respeto y la mayor libertad), y todavía más ventaja tendrán  aquellos que leen a diario su libro virtual infinito, en el conocido site del autor, en Facebook. Digo esto, porque para entender, el ambicioso “proyecto literario” del autor- para decirlo de alguna manera, porque Gabriel dispara a todo lo que se mueve-, antes de preguntarse de qué escribe Gabriel o sobre qué escribe este argentino radicado desde hace años en la isla de Mallorca, conviene antes haber leído algo, y no precisamente y exclusivamente todos los libros de Gabriel, tampoco de haber leído mucho o poco, no se trata de cantidad o calidad, sino de haber leído lo suficiente como para amar a los libros, a sus autores y a la literatura tanto como para no poder vivir sin ella. Cumplido este mínimo requisito, a ningún amante de las letras le resultará difícil o extraño leer Margen Cínico y hacerse amigo de Bertotti; con los oídos tapados como los marineros de Ulises subirse a la misma barca, y sin rumbo ni destino remar con él en la misma dirección porque, como ya ha sido dicho, en la experiencia está el sentido.

Otra no queda. Hay que entregarse, porque en Bertotti nada es lo que parece. Por ejemplo, en este libro que habla de cine no estamos leyendo a un crítico de cine; por así decirlo, a la manera de un francés que escribe para los Cahiers du Cinéma, ni leyendo a un cinéfilo erudito, como a nuestro Salvador Samaritano, aquél conductor de TV argentino cuya presentación de las película duraba más que toda la película. Y, aunque Gabriel es un filósofo en toda regla, y de los buenos, de la vieja escuela griega, de aquellos que hacían de la filosofía su forma de vida, tampoco estamos leyendo a un filósofo del cine, o a alguien que pretenda hacer con el séptimo arte una tesis de filosofía. Pues entonces, ¿Cómo hablar de este libro? ¿Cómo calificar este extraño y asombroso libro? Lo diré a riesgo de ser mal interpretado: Margen Cínico es el libro de un escritor que habla del cine como si estuviera haciendo cine. Y hacer cine es hacer arte.

Margen Cínico es un libro de cine y de amor por el cine, un libro que habla de películas, actores, directores, de la industria del cine, del cine como arte y espectáculo mediante escritos breves, impresiones personales, anécdotas, entrevistas, mentiras piadosas, verdades como la copa de un pino, humor, literatura y  poesía.

Como en el cine, supongo que cada una de las partes de este libro ha sido pensada y escrita como si se tratara de escenas aisladas, filmadas sin aparente sentido global, en diferentes tonos y en distintos tiempos, pero rumbo a una sala de montaje donde jamás se montará nada. Por supuesto que Gabriel no se ha dedicado al cine, pero sí resueltamente a escribir. Entonces, “escribir como si filmara” termina por otorgarle a Margen Cínico una estructura narrativa totalmente nueva, inesperada, desconcertante y tan libre y anárquica como encantadora; algo parecido a lo que para Gabriel representa el cine de David Lynch: “es como si el mundo del otro lado de los sueños se hubiera escapado de las mentes sincronizadas de los soñadores y se hubiera instalado entre una hamburguesería y una fábrica abandonada” (Pág.285).

Como lo dije antes, escrito con la total libertad de no ser nadie más que un amante empedernido del cine, que escribe lo que le da la gana, lo que siente, sin prejuicio alguno, sin más límites ni restricciones que el del buen gusto y la buena prosa cuando se hace poesía: “Amanece en Camboya. Dos hombres se alejan de la ribera coronada por las cabezas cortadas de aquellos que murieron alucinados por la irremediable verdad”.  Terrible, escalofriante, escrito como si Gabriel se hubiera quedado en la costa viendo como el soldado loco y el Capitán Willard abandonan el corazón de las tinieblas… (Apocalypse Now, Redux, Pág. 215)

Y también hay buen humor, cuando llegamos a una parte del libro titulada “El esplendor de lo inútil”, un breve diccionario del fracaso. Pero cuidado que el humor está en todas partes: “Wayne es el arquetipo de la pluma. Al verlo no cuesta imaginar a un cowboy cuya ropa interior son unas bragas manchadas”, dice Gabriel sin pudor ni temor cuando habla del legendario e intocable John Wayne. (Pág.414)

Pese a la aversión por las palomitas que el autor de este libro manifiesta en muchas páginas, compremos la canasta más grande y con una sonrisa grande entrémosle a este  libro, entremos al cine:

“Toda tu vida no has sido otra cosa que Bambi”, dice Gabriel en el prólogo, homenajeando a todas aquellas películas de Disney que marcaron nuestra infancia, y que aún hoy, a pesar de la inmediatez y la furia de los videojuegos, estas maravillosas películas, ultramodernas, remasterizadas, en 3D, con alucinantes efectos especiales  a velocidad de vértigo y que con un endemoniado sonido inundan la pantalla, siguen siendo lo que eran, películas para los chicos, cine de la infancia. Porque como dice Gabriel “el cine nunca se nutre de la realidad, sino que se alimenta de sí mismo”. El cine no reproduce ni copia nuestra infancia para embellecerla y hacerla más dulce y placentera: Bambi, Blancanieves, La Bella Durmiente, Mary Poppins, Dumbo, El Libro de la Selva, Peter Pan, así como Harry Potter para nuestros hijos, son la infancia.

“La realidad supera la ficción”, suelen decir los periodistas con nómina cuando algo los conmueve y no saben qué decir. Pues la ficción no supera nada. La ficción es la realidad misma cuando un escritor o un director de cine la toca y la convierte en arte. De todo esto, precisamente de arte, nos habla Gabriel Bertotti cuando en Margen Cínico le toca el turno a John Huston, David Lynch, Stanley Kubrick, Akira Kurosawa, Orson Wells, Chaplin, Buster Keaton, Buñuel, Leos Carax, Los hermanos Cohen, Tarantino, y a tantos otros grandes mencionados en más de 450 páginas de literatura y cine… Y también en esta reseña vale destacar  la valentía del autor cuando habla en serio del cine de Santiago Segura, popular y famoso, pero siempre acosado por el cinismo postmoderno de lo “políticamente correcto”, y quebrar una lanza por el impresentable y querido Torrente, que si ese personaje no es arte le pega en el palo tío…

Por último, en este convulso tiempo plagado de fake news, quisiera advertir a los incautos lectores del peligro que tienen para nuestra salud mental las entrevistas de un tal Alexander G, colaborador de Gabriel en este libro; son tan disparatadas y actuales que al leerlas, para mi alegría pensé que John Ford y Orson Welles todavía seguían vivos, que el “Palacio del Cine” todavía estaba abierto y que mi viejo a la salida del trabajo nos llevaría a ver El bueno, el malo y el feo.

Las fotos, como todo en este libro, son muy raras. Son de Gabriel Bertotti, pero, como aquellas ambiguas pitonisas, cuyo oráculo está en Delfos, no dicen ni ocultan nada. Son también literatura, relato y símbolo; los que frecuentamos los post de Gabriel en Facebook ya lo sabíamos. La foto de contraportada, que supongo no es de Gabriel sino de Alexander G, es de una desoladora belleza pocas veces vista.

Como ya le he dicho a Gabriel respecto a Margen Crítico: “ Che, cuántos libros quedaron afuera…”, ahora le digo cuántas películas quedaron afuera, cuánto cine quedó fuera de este libro… pero no importa querido amigo la vida entera no cabe en un libro, pero seguro que habrá más libros y más vidas.

Alex Armega 

 

 

 

 

 

 
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