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Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

Bajamares, de Antonio Tocornal.

FAUSTO | 14 Juliol, 2020 11:29

Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo?

        No chismorreen demasiado.

             Cesare Pavese. Nota encontrada junto a su cuerpo.

 

 

Si Gorgias tenía razón y somos islas incomunicadas

que jamás comprenderemos nada

entonces habría que hacer una genealogía de las islas

como quien tira un mensaje en una botella al mar.

Ese mensaje es una oportunidad de esperanza

que corre el riesgo de ser encontrado

por un farero al que solo le interesa

contemplar las infinitas posibilidades que encierra una botella lacrada.

Un acto inútil que condena al naufragio del cuerpo.

Porque todo cuerpo es una isla a la deriva.

 

La isla como no lugar.

La isla como tesoro.

La isla como aventura.

La isla como cárcel.

La isla como metáfora.

El cuerpo como isla en la que estamos atrapados

hasta el desmoronamiento.

 

La isla en la que habito

es la misma isla en la que Antonio Tocornal ha venido a dar

para encontrar la libertad.

La isla como estructura, entonces.

Como límite y paradoja

entre los que transcurren

los días de un farero y de un escritor:

A mayor encierro mayor libertad.

 

Tocornal nos habla de una isla y nos habla de un hombre.

Ya se ha dicho de su novela todo lo mejor que se podía decir.

Ya ha hablado Nadal Suau en seis puntos definitivos en el Prólogo.

Jugando con otras voces para encontrar la exacta

La única con la que se puede hablar de este libro.

 

Para poder  hablar con propiedad de Bajamares

tengo que entrar en mi propia isla

y encontrar la voz adecuada.

Otra cosa sería faltarle el respeto al autor.

Que hurgando en sus propios límites.

Que vagando en el más seco despojamiento.

Encontró el tono con el que contar esta historia

de la misma manera en que brota un milagro.

 

La magia del desierto es que sospechamos

que en algún lugar habrá agua.

La magia de la desolación en Bajamar está en las Palabras.

Palabras en número tan exacto como

el de los granos de arena de ese desierto

en que se convierte el alma

cuando queremos atraparla en un papel.

 

Tocornal da miedo.

Puliendo. Puliendo.

Como el alquimista de Ezra Pound

negándose a pronunciar la palabra mágica

que convertiría plomo en oro porque ya una vez

la Palabra se había hecho Verbo y Carne.

 

La palabra que se ve flotando en el aire

muda y contundente como la luz en las películas de Kubrick.

 

La desolación de este libro está sujeta a la belleza.

La perfección de una metáfora es cuando no significa nada.

La verdad de una analogía es cuando carece de referencia.

 

Leyendo a Tocornal

Me doy cuenta de que vivimos insatisfechos.

Y de que moriremos escondiéndonos.

No por miedo

sino como austera declaración sepulcral.

Anulando el verso que desde Eliot creíamos intangible:

En mi final está la parodia de todo principio.

No porque nadie nos obligue

sino porque así lo queremos.

Porque así lo hemos querido siempre.

 

¡Vive escondido!

Recomendó hace milenios Epicuro, nacido esclavo.

¡Vive escondido!

Si no quieres ser esclavo.

 

Tocornal encuentra una variante a ese mandato

con una pregunta que es válida para las mareas infinitas de su libro:

¿Dónde vivir más escondido que haciendo frente a la lacerante lucidez de un Ojo sin Párpado?

Un Dios oculto desvelado en las entrañas de un mero.

Un hombre que nace a la muerte

enterrado en el vientre de una ballena varada.

 

Imagino a Tocornal invadido por la fiebre

de los profetas.

Un amanuense alucinando un vacío discurso eterno.

Imagino a Tocornal corrigiendo

las palabras que van surgiendo como los detritus

de una tormenta.

Un hombre clasificando al mundo en una isla desierta.

Para Nadie.

Para Nada.

Nunca entenderemos sus palabras.

Y eso Tocornal lo sabe bien.

Porque para él

basta un gesto.

 

 
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