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Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

Encuentro en París.

FAUSTO | 08 Febrer, 2013 08:40

Huyendo del ruido de los trenes que llevan futuros muertos. Huyendo del ruido seco de un percutor. Huyendo del ruido sordo del odio y de la estupidez.
Una pareja huyendo.
El hombre tiene la extraña belleza de algunos pájaros; la mujer es dura y resistente, su belleza es tan austera como la del desierto.
No tienen miedo pero no son tontos; saben lo que les espera si los atrapan: los gritos generados por los golpes y la picana que nunca alcanzan a tapar el de las deposiciones de cuerpos ultrajados. Tienen un arma ridícula para evitar tortura e ignominia. En caso de ser rodeados el hombre no dudará en emplearla. Primero ella, después él.
Dos ruidos. Dos cuerpos. Esa certeza los libera de todo miedo, al fin y al cabo sufrir y morir confluyen siempre en el empecinado destino de los hombres.
Ellos ven lo que sucede sin atenuantes: no hay distracción que disimule el extenuante sonido del absurdo y de la barbarie. A pesar de las luchas por emplazar un universo acotado por la racionalidad, la presencia ordinaria de la tribu y del egoísmo de un ficticio destino nacional, los ha perseguido hasta ese mínimo espacio defensivo que les otorga la noche y el frío.
El hombre abraza a la mujer y no le dice nada. La mujer se deja abrazar por el hombre que la prefirió a valkirias y millonarias y se atreve a soñar. A lo lejos la tormenta no cede y parece anunciar el fin del mundo.
Muchos años después, habiendo sobrevivido a ocupaciones, terrores y ruidos vulgares, el hombre muele las espinas del último pescado para aportar un suplemento de calcio que recupere a su mujer de la ausencia de conciencia que la anula en vida y que la transforma en un bello guiñapo envejecido. ¿Cómo va a sobrevivir la conciencia a la muerte si ya desaparece en vida? Ella lo mira desde otra parte, intentando, sin furia, reconocerlo.
Cuando ella murió, el hombre que nunca perdió la inquietante belleza de un ave prehistórica ingresa voluntariamente en un hospicio para ancianos llamado “tercer tiempo”. Han hecho recortes y han anulado la calefacción; no le importa, se sube el cuello de la chaqueta y resiste, como lo ha hecho siempre, ante el ruido insulso del televisor que nadie mira.
Lo vi una vez en París, poco antes de que muriera, sentado en silencio en una de las sillas de hierro del Jardín de Luxemburgo; me paré a unos metros suyos imitando a una estatua, con una bolsa de plástico en la cabeza, jugando al absurdo para atraer su atención. Entonces Samuel Beckett giró la cabeza y miró hacia otro lado.

Gabriel Bertotti

Comentaris

  1. CHECHU
    ENCUENTRO EN PARIS

    ENCUENTRO....DESENCUENTRO...REENCUENTRO.....

    CHECHU | 09/02/2013, 21:47
  2. nenica
    encuentro en paris

    Muy bien maestro!!!;-) Mañana tertulia, lo echo de menos, jejeje...

    nenica | 16/02/2013, 01:00
  3. ceci vigier
    Encuentro en Paris...

    Hospicio para ancianos llamado tercer tiempo....ahí llego!...maravilloso comentario Maestro!
    Gracias!

    ceci vigier | 06/03/2013, 20:09
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