Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

FAUSTO | 15 Octubre, 2009 07:00
Parece que la primera opresión en el pecho la sintió en el baño. No me cuesta imaginarlo con los pantalones bajos, impidiéndole el avance, la mano apoyada en la pared de ladrillo, buscando la puerta de calle. Sin embargo lo encontraron muerto en la cocina, la más interna de las habitaciones. Otros han hablado de su obra, de su carácter, a mí lo que me interesa es lo último que leía. El libro abierto sobre el taburete que se había traído de Londres, junto al inodoro inmaculado.
Había decidido leerlo una vez más, harto de tanta banalidad y de las superfluas tonterías de las decenas de mediocres que se hacían llamar “artistas de la escritura” y que le enviaban sus libros. “Burbujas de crema”, los llamaba.
Ninguno de ellos se hubiera dejado matar por su obra. Ninguno hubiera seguido escribiendo si no le pagaban de manera adecuada.
Él amaba otro tipo de escritores, aquellos que establecen con la literatura una relación pasional, esencial para sus vidas.
Apreciaba a Vargas Llosa, más de una vez le había hecho la broma de que sus respectivas relaciones con la escritura eran para el peruano un matrimonio y para él, el viejo uruguayo refugiado en una cama, una procaz exaltación de amantes infieles.
La ceniza caía en las sábanas. Vestía una camisa desabrochada, un pantalón pijama celeste, estaba sin afeitar, los cabellos revueltos.
Volvía, ahora que sólo quedaba morir, a Faulkner. Volvía una y otra vez a las frases complejas y secas; volvía a la insoportable humedad de los cuerpos sedientos y pobres; a la trenzada decadencia de individuos relacionados por redes invisibles, arrastrados hasta el fondo limoso de un río oscuro.
El río, la pobreza, la carnalidad de una sandía partida al caer de un carro, y los idiotas que miran el vuelo de las moscas sin saber jamás qué es en realidad una mosca.
Lo imagino saliendo de la cama, caminando sigilosamente hacia el baño, intentando no hacer ruido para que el perrito de su esposa no vaya a por él, que está en los huesos y que puede ser un buen objetivo. (En realidad el perrito lo adoraba, pero no podía evitar transformar la amistosa realidad en una posible amenaza). Tensaba el cuerpo y como un guerrero se erguía y avanzaba sin temor.
Abría el libro y leía, abandonándose a la prosa hipnótica del rey de los escritores americanos:
“No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la ceremonia dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser"
Sí, pensó "Entre la pena y la nada elijo la pena”.
“Hijo de puta”, pensaba en el traductor de Palmeras Salvajes, el libro que estaba leyendo, sabiendo íntimamente que su mejor libro, el que nunca escribió, sonaba semejante a la jerga oscuramente ardiente que le helaba la sangre y le abría el corazón.
“Soy Faulkner traducido por Borges. Soy Onetti”.
Gabriel Bertotti
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