Administrar

Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

Cadillac Ranch de Antonio Tocornal

FAUSTO | 13 Octubre, 2023 17:06


Hay por lo menos dos Antonios Tocornal. Uno es el que responde a los datos biográficos habituales en las solapas de sus libros. Del otro Tocornal, el que escribió Bajamares, Malasanta y Cadillac Ranch, me contaron algunas cosas que quisiera compartir con ustedes.

Me contaron que al padre de Tocornal, que era espía en la China, lo mató un tigre solitario en la selva, y que la mamá cogió al niño en brazos y lo cruzó a Japón, donde creció apreciando los dibujos de Hokusai, de los que aprendió a manejar el tiempo para que el tiempo que todo lo desgasta no lo alcanzara; también me contaron que vagabundeando por el distrito Shinjuku de Tokio, escuchó un quejido nacido mucho tiempo atrás, como él, en la Isla de San Fernando, Cádiz, y que, siguiéndolo, entró a un tablado y se topó con Camarón, que enseguida lo reconoció como al niño que lo contemplaba azorado mientras que le cantaba a su sombra en una caseta de la Isla, y le propuso ser uno más de los palmeros de su grupo; y así, se hizo amigo de Chiquito de la Calzada, el líder de los palmeros, que le enseñó a avanzar, retrocediendo. Los abandonó en la antigua Saigón, desafiando a las ratas que se comieron el cadáver de Christopher Walken, y emprendió una fuga de sí mismo para escapar del tiempo que todo lo agota; recaló en París, eludiendo el cliché, pintando pueblos que surgen de la palma de la mano y bichos demasiado humanos que se suicidan contra los parabrisas; se cansó de París cuando le propusieron pintar sólo cuadros de mujeres con tres ojos. Recaló en Mallorca, donde el tiempo fluye de otra maneras y se cristaliza en un mar muy viejo; se hundió en las aguas con los ojos bien abiertos y vio un espacio inaca-bable que lo llamaba. Vivió incontables años en el mar, aprendiendo la seriedad y el silencio que te exige el trabajo marino, hasta que una mañana templada emergió recién nacido a una nueva vida, como emerge un niño de las aguas salubres de una piscina que contiene el misterio ultramarino de las montañas. Descalzo y desnudo, abandonó todo y atrapó con una red de palabras al tiempo esquivo, curtido por los vientos de la isla de Roque Espino, donde los meros se alimentan de ojos de vidrio y las vacas flotan panza arriba. Se duchó y se quitó la sal, y como un náufrago feliz, encendió el ordenador y leyó la siguiente reseña de su libro.

Tocornal es un hombre serio que escribe en serio. A su lado se acaban amaneramientos e imposturas. Tal vez eso fue lo que lo llevó a dejar atrás las artes plásticas, que habían reemplazado la obra por la interpretación, que siempre es una intrusa y jamás la verdadero protagonista.

Tocornal es un escritor profesional. No se anda con zarandajas ni hipocresías. No busca ser considerado ni un artista ni un doliente buscador de verdades. Es un profesional en el sentido hemingweniano del término. En sus obras hay un arquitecto que diseña y un ingeniero que construye y un maestro mayor que ejecuta y un obrero que se ensucia las manos. Hay un escritor que piensa y hay otro que escribe y hay un tercero que corrige. No necesariamente son el mismo ya que en el arte de escribir sobre las anomalías que propician lo “maravilloso cotidiano” es indispensable que no lo sean. Es indispensable que el que piensa el argumento no le cuente todo al que lo ejecuta y que el que lo ejecuta descubra por sí mismo los secretos inherentes a la obra que el propio arquitecto desconoce. Los lectores quedan así advertidos: para disfrutar hay que desconfiar del autor.

Tocornal sabe que el secreto de la obra bien hecha está en la corrección. Sabe que la verdad del texto está en la corrección. Que el trabajo empieza a partir del punto final. Porque el punto final es una ilusión. La obra tiende al límite pero nunca lo alcanza. La publicación es así un simulacro. Ya que en ediciones venideras, el relato, que está vivo, mutará con cada nueva corrección. Sólo la muerte del autor podría indicar un final, pero la vida casi eterna de las obras perdurables no se acaba nunca mientras existan los lectores. La lectura será así, la última y definitiva instancia de la corrección permanente. Cada nueva lectura implica una obra nueva. Cada mirada es escritura. Cada lector es autor. Tocornal es un autor que vive en su obra porque permanece invisible. Es como un dios profano que resucita en cada nueva refutación y que acecha al fondo de su telaraña observándonos divertido a través de una gran lupa que contiene al universo. Whishful thinking y corrección política han invadido la literatura convirtiéndola en un vademécum de inseguridades adolescentes, pero todavía quedan rescoldos en la hoguera que los necios intentan apagar con la fuerza de sus orines, aún quedan brasas ardiendo para los lectores que deciden comportarse como adultos que aceptan y se enfrentan a la incertidumbre sin refutar el absurdo, deleitándose como aquel jardinero de uno de los relatos de este maravilloso libro de relatos que no riega jamás las plantas porque sabe que en la degradación del tiempo reside la más permanente de las bellezas y “que la muerte es amarilla dorada, y que no hace ruido”.

Cadillac Ranch termina con una revelación que anula todo lo anterior y que sólo tendrá sentido para los que hayan leído el libro.

Tocornal es una mosca.

Gabriel Bertotti 

 
Powered by Life Type - Design by BalearWeb - Accessible and Valid XHTML 1.0 Strict and CSS