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22/11/63/ Stephen King/ Los equilibrios perdidos

FAUSTO | 12 Juliol, 2012 08:24

El final es bonito.
                                                        JM Nadal Suau

El conjunto de todo lo que sucede (o ha sucedido, o sucederá) está compensado internamente por una serie de mecanismos (repeticiones trágicas o paródicas y simetrías convergentes aparentemente casuales) que buscan armonizar los equilibrios rotos.


El protagonista de la novela de King, Epping/Amberson, es decir NADIE, intenta desde una comprehensión de los sucesos históricos meramente subjetiva (si Kennedy no hubiera sido asesinado entonces su hermano Bobby y Martin Luther King no hubieran muerto, ni tampoco hubiera existido Vietnam) reparar esas aparentes inconsistencias o injusticias de la vida. “Evitaré  su muerte para que todos los demás vivan”. Es esa absurda arrogancia la que desequilibrará todo lo que está más allá de la voluntad o potestad humanas.

Siguiendo con las compensaciones para buscar equilibrios necesarios, podemos afirmar que 22/11/63 es el opuesto complementario de La zona muerta. En aquella, el protagonista, abocado a la muerte y a la paradoja, intentará matar a un senador que en el futuro, que el protagonista conoce, será presidente y desatará horrores evitables precisamente con su supresión de la historia. En la novela que estamos comentando, el protagonista, para seguir con la lógica inherente al tiempo, deberá impedir, viajando al pasado, la muerte de otro presidente.

En esta intimista novela, King utiliza el viaje en el tiempo, para hablar de la variación en la repetición y de las ocultas armonías que, con un extraño humor, equilibran los desajustes del universo; habla del amor y del dolor, de la enfermedad y de la deformación psíquica y física; habla de los desplazados de su época y de los desplazados en su propia época; habla de EEUU de una manera como sólo lo había hecho Nabokov en Lolita. La desnuda enumeración de detalles inolvidables: ciertos olores y sabores, ciertas marcas, ciertos parajes urbanos, los moteles, la música.

El asunto de Kennedy, las relaciones entre los sucesos políticos de esa época y la nuestra y la posibilidad de una conspiración, son poco interesantes o en todo caso son una estructura dentro de la cual trabajar con extrema libertad. Incluso el propio Oswald podría dejar de ser el desdibujado magnicida que fue y  convertirse en cualquier personaje innominado de una farsa de Beckett. Si quieren entrar de lleno, con destellos de una calidad literaria inigualable, en esa obsesión americana, lean Libra de Don de Lillo, junto con King, dos de los más extraordinarios narradores de las últimas décadas.

Lo que importa es lo que le va pasando a Epping/Amberson (¡como en la película maldita de Welles!), y en esto King se comporta como un verdadero genio literario, puesto que una de las dos variaciones que en la novela se hacen sobre los clásicos viajes temporales se corresponden, la primera, con el uso del tiempo narrador/lector, un tiempo que los interrelaciona en un constante presente: el texto existe mientras es leído, y el lector y el autor y Epping/Amberson avanzan al unísono; y la segunda, con la certeza de que todo el libro y especialmente las variaciones sobre el tiempo son una espectacular metáfora que podría completar las fascinantes investigaciones de Manguel sobre la lectura, ya que para King, o para mí, si me lo permiten, leer un libro es, en esencia, viajar en el tiempo. Mientras que en el libro pasan años, al cerrarlo constato que han pasado veinte minutos, o como sucede en la novela, cinco años del pasado equivalen a dos minutos del presente. Reflexiones maduras y bellas, ya expuestas por Cortázar en El Perseguidor, aquel cuento perfecto que hizo que Onetti rompiera de un puñetazo la opaca superficie de un espejo.

King escribe, además, un tratado transversal sobre el arte u oficio de escribir. Rescato dos reflexiones demoledoras:

Todo se reduce a una pregunta del lector: ¿Qué tienes para ofrecerme? Y a una respuesta del escritor: Esto, esto y esto.

Sólo se puede afrontar el hecho de escribir si uno está dispuesto a encerrarse cada día por lo menos ocho horas. Cuatro de lectura y cuatro de escritura.

Al gusto posmoderno el libro está trufado de citas y homenajes a otros libros y escritores: Jodie, el pueblo en que se refugia el protagonista tiene una población de 1280 almas, como el titulo del libro de Jim Thompson; como en Matrix, es constante la referencia a Alicia y la madriguera; y la mención recurrente de autores como Shirley Jackson, Paul Bowles, John Irving, Ray Bradbury, Steinbeck, Lovecraft, Henry James, Thomas Hardy, McBain, MacDonald, Himes, Saki , Dryden, Pope, ¡Ionesco! y...J.D.Salinger, al que homenajea como lector y ex profesor de secundaria rodeado de potenciales Holden Cauldfields.
Y por si lo anterior no fuera suficientemente metaliterario, en una parte de la novela volvemos al pueblo imaginario y emblemático en el mundo imaginario de King, Derry, por la época en que acaba IT y el espíritu del mal aún se esconde en los lugares más oscuros.

La consideración de King entre los críticos: unos como Harold Bloom (pésimo escritor y muy pobre pensador, salvado de la quema in extremis por su inquietante parecido con el gran Zero Mostel) a la cabeza, lo consideran un mediocre autor de folletines; otros, uno de los grandes fabuladores modernos.
Yo me remito una vez más a Borges, que amaba a Kipling, a Stevenson y a Chesterton, todos ellos menospreciados por los críticos de su época y hoy poco menos que santones literarios. Da que pensar ¿no?

El tema de la enfermedad (cáncer y leucemia, sobre todo), de la muerte (suicidios y asesinatos), y de la manifestación física del dolor (mejillas rebanadas, ojos morados, raspones, magulladuras), adquieren un protagonismo sugerente: King, desde el aparatoso accidente de 1999, ha conocido el absurdo y el dolor, la morfina y la posibilidad liberadora del suicidio, y de eso escribe: del tiempo como un generador de enfermedad y padecimientos y degeneración física, a la manera, diferente pero curiosamente convergente, de un Bolaño final, herido por el rayo de Prometeo, a la busca del bálsamo regenerante: la ilusión definitiva del sexo y del amor.

Pero, y esto no debe sorprendernos al hablar de una novela de casi novecientas parsimoniosas páginas, aún queda un tema que King jamás menciona por su nombre, pero que ensucia un poco toda la actividad de Epping/Amberson: el voyeurismo.
Al fin y al cabo Epping/Amberson es un flaneur intratemporal que espía, fingiendo un nombre y mintiendo a mansalva para ocultarse, a todas las personas con las que traba relación; alguien que no se compromete con nada ni con nadie, casi hasta el final del libro, porque cualquier cosa, al menos en apariencia, al poder ser “reiniciada” con cada nuevo viaje temporal, carece de verdadero valor. Es en este extraño sentido que 22/11/63 es una novela acerca de un espía errante que es parte, como todos nosotros, de una oscura conjura que nos supera y que rezuma por las alcantarillas y que, si supiéramos mirar, veríamos cada vez que nos asomamos, temerosos, a un espejo.

Hay una dinámica en los actos humanos que los interrelaciona a través de todos los espacios y de todas las épocas; a esa dinámica casi geométrica, los hindúes la llamaron, Danza de Shiva. King, americano de Maine, elige una vieja canción de Glenn Miller, que Epping/Amberson y su amada Sadie bailan para alejar fantasmas. La misma que mi padre me enseñó a amar cada vez que hablaba de mi madre (¡Un hecho armónico, compensatorio!).

In the mood. “Por un momento todo estuvo claro, y cuando eso pasa uno ve que el mundo apenas existe en realidad. ¿No lo sabemos todos en secreto? Es un mecanismo perfectamente equilibrado de gritos y ecos que fingen ruedas y engranajes, un reloj de sueños que repica bajo un cristal de misterio que llamamos vida. ¿Detrás de él? ¿Por debajo y a su alrededor? Caos, tormentas. Hombres con martillos, hombres con navajas, hombres con pistolas. Mujeres que retuercen lo que no pueden dominar y desprecian lo que no pueden entender. Un universo de horror y pérdida que rodea un único escenario iluminado en el que los mortales bailan desafiando la oscuridad”

El baile es vida.

Gabriel Bertotti (22/01/63)                 

Comentaris

  1. Ceci Vigier
    Los equilibrios perdidos..

    Re-equilibrio necesario para seguir..ley de compensaciones...
    Muy interesante Maestro!...se hubiesen evitado tantas muertes con una muerte....?...o.. estaba escrito?..o.. habrá que leerlo?..
    Gracias!

    Ceci Vigier | 12/07/2012, 10:44
  2. Chispita Gonzalez
    Equilibrios perdidos

    Tienes razon :El baile es vida Tienes gran relacion con la musica y los libros .Te admiro escritor

    Chispita Gonzalez | 08/08/2012, 10:51
  3. Hayao Miyazaki
    Impresionante

    Maravilloso, fabuloso, magnífico, sublime…

    Hayao Miyazaki | 12/09/2012, 09:04
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