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FAUSTO | 25 Octubre, 2007 08:54
S. L. Martínez fue viajero impenitente y escritor visionario. Autor de una obra reducida a unos pocos fragmentos, creía ver en la carencia de estilo y de palabras la única manera de escribir.
Entre los aportes secretos de Martínez no es el menor su desaforada y fragmentaria ansia de llevar hasta extremos increíbles la única idea que se le ocurrió en cuarenta años de vida. Según los escasos datos que poseemos podemos deducir que ésta no era demasiado novedosa y que carecía de originalidad. Sin embargo, lo que la engrandece es justamente eso. Repetir hasta el hartazgo tópicos con la pretensión de estar creando algo nuevo, es el pecado de vanidad y soberbia de la mayoría de escritores. La novedad que aporta Martínez es justamente su falta de ambición y su desorden casi crónico a la hora de escribir. La carencia de estilo, de tema, de personajes y al fin, de historia, lo convierte en un auténtico renovador, por otro lado, su obstinación en tachar, borrar, tirar y no publicar, hacen de él, una especie de pacífico reaccionario.
En ningún momento nuestro autor se buscó un albacea tan poco confiable como Max Brod; menos aún, amigos interesados en famas ajenas; sus escritos, según me consta, jamás le fueron mostrados a nadie. Las personas más cercanas al autor (palabra que en este contexto casi carece de sentido), han declarado que en ningún momento sospecharon que su amigo supiera escribir. Nunca lo vieron ejecutando su obra, (otra palabra cuyo significado sería interesante revisar).
Tenemos así un hecho de absoluta originalidad en el desolador panorama artístico de nuestra época, algo que acerca a Martínez a la genialidad. Un autor sin obra; una obra sin autor.
El último fragmento es la piedra de toque de toda su concepción de la escritura. Fue escrito con una letra que recuerda garabatos infantiles:
“Regresión consciente. ¿Acaso no es ese el único fin de todo esto?. Ser lo que éramos cuando todo lo ignorábamos”.
Transcribo:
“Sólo quiero recuperar una mirada. Ahora definitivamente lo sé. Por fin estoy listo para escribir”.
A esta oración definitiva le siguen cincuenta y cinco hojas en blanco. La Magna Obra de Martínez.
Para poder leer lo que allí dice es necesario primero volver al estado en que no existía el lenguaje porque no existía el exilio. Todo nos pertenecía y nosotros mismos pertenecíamos a un mundo hecho para nuestra mirada. El resto es historia conocida: objetos sagrados y profanos, memorias, cuadros, libros.
Martínez descubrió el gran secreto que sólo algunas mujeres conocen y que todos los niños ocultan. Revelarlo sería una traición y ya hay demasiada literatura construida en base a traiciones.
He intentado acercar algunas claves. Tal vez mi intención me condene. ¿Pero qué condena es más cruel que la de las palabras?
Sobre esta pregunta gira la historia. La no escrita por Martínez. La única que merece ser leída.
El Secreto del Universo está en una hoja en blanco.
Fragmento. S.L.Martínez. 55 páginas. Editorial “Prensa Universitaria”, Logroño, Octubre 2002.
Gabriel Bertotti
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