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FAUSTO | 14 Desembre, 2020 11:20
Texto de Nadal Suau leído en la presentación de Historia de Los Angeles en el claustro del Colegio de Nuestra Señora de Montesión.
La impunidad es una prerrogativa del escritor de ficción. Un narrador solo responde ante la Ley que él mismo ha elaborado y sancionado; cierto que el castigo por quebrar esa legislación es muy severo: romper con las exigencias del estilo propio equivale a morir como escritor, hacer añicos la obra. Por otra parte, como en la parábola neotestamentaria, el autor que no desafía en alguna medida los límites de su estética es como el siervo que enterró el único talento que su Señor le dio en hipoteca: incapaz de multiplicar la hacienda encomendada, es expulsado a las tinieblas de la noche, para que le rechinen los dientes.

Pues bien, Gabriel Bertotti invierte los cinco talentos que recibió de su Señor en un Casino: concretamente, en el Casino de la Gran Tradición Literaria Argentina. Vale, el juego y las apuestas gozan de muy mala fama, como el whisky en el desayuno o los departamentos destartalados en blanco y negro con persianas de lama, pero he ahí donde ha decidido instalarse nuestro amigo, en una atmósfera de regusto norteamericano, hecha de peligro y de diversión, rodada con el fervor vital de Howard Hawks o el pulso febril de John Huston. Bienvenidos a la Historia de Los Angeles, una historia en la que la ciudad es un texto, cada ángel tiene la cara sucia, y Scott Fitzgerald es el Yung Beef de la belle epoque.
Antes de seguir, permitidme una confesión: si hace un momento aludí a la parábola de los talentos, fue empujado por el peso del escenario en el que estamos: en los años noventa, Yo era un alumno de Montesión. En este mismo claustro, ocurrieron al menos tres cosas que recuerde: conocí a mi mejor amigo al escucharlo perorar sobre Pessoa; un compañero me prestó un libro que me cambió la vida; e hice el ridículo ante una muchacha que afortunadamente lo habrá olvidado. ¿Y sabéis qué? Tentado por la impunidad del presentador de libros (menor que la del narrador, pero no despreciable), aprovecharé la bula que dan los actos culturales para decir en voz alta, entre estos “tutelares muros”, que existen los estados alterados de conciencia, que todos hemos visitado alguna vez, en alguna fiesta, los paraísos artificiales (inhalándolos, liados en papel finísimo, diluidos en la sangre, ingeridos, mezclados con cola…), y que no es muy distinta esa forma de alteración perceptiva a las que provoca un libro de Gabriel Bertotti.
En particular, las narraciones y artefactos de Bertotti (en adelante, las “bertottiadas”) comparten dos efectos típicos de las sustancias prohibidas, a saber: la sensación levemente paranoica de que todo está conectado, y el déjà vu, que se produce cuando el cerebro registra simultáneamente un acontecimiento como acontecimiento y como recuerdo. Acción y memoria de la mano, el déjà vu distorsiona nuestra idea del tiempo biográfico. Escritura y lectura de la mano, las bertottiadas distorsionan nuestra idea de la literatura. Como él mismo dice en la introducción a Historia de Los Angeles, su libro es “entretenimiento”, placer puro de contar relatos frente al fuego en las noches de invierno. Pero también es una apuesta por conquistar nuestra memoria: son relatos que quieren quedarse para siempre a nuestro lado. Y por fin, son ellos mismos memoria: aquí resuenan otras obras, otros estilos, las variaciones infinitas de lo literario en la literatura argentina y de lo cinematográfico en Hollywood.
Y así, el gesto automático de Aira, la falsificación genuina de Piglia, la ciudad automática de Arlt, el fango viscoso de Lamborghini, los laberintos de Borges… Todos están invocados en esta escritura. Como el Hollywood clásico, como Hammett y Fitzgerald y Faulkner y Chandler. Como el sueño y la risa, la masculinidad que dice adiós y sonríe, un revólver a contraluz. El cine, los libros, un juego de manos. Mitos a los que se accede por conductos daimónicos, que se ponen del revés y luego vuelven a ejercer su influjo.
Es todo un juego de magia.
Como si fuera un exalumno de un Viejo Colegio que se resiste a cerrar sus puertas, Bertotti es gamberro con la tradición, la provoca, le saca la lengua y juega a ponerse en medio de su claustro para decir inconveniencias… Pero, al fin, sabe que también él es parte de esa historia, que la consecuencia final de su escritura es inocular esa historia en la sangre de su lector. El Viejo Colegio de Gabriel Bertotti es la literatura, y vosotros estáis a punto de ser intoxicados.
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