Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

FAUSTO | 07 Maig, 2022 10:07
Esta novela fue escrita por Antonio Tocornal en apnea, arriesgando la vida, sumergiéndose en su propia mierda y en la mierda del gran desagüe de todas las aguas fecales de nuestras almas. Para que así, cuando emerja con ese brillo en los ojos del artista poseído por su demonio, ante mi pregunta, ¿por qué lo haces, Antonio? ¿por qué te arriesgas?, me mire sorprendido, como diciéndome: ¿No es acaso esa la misión de los verdaderos artistas? ¿No tenemos que actuar sin dudarlo, sin miedo a las palabras, hasta el extremo más alucinado? ¿No debemos dar fiel testimonio de la Caída sin fondo de los ángeles más hermosos? ¿No estamos obligados a dar voz a los postergados y a los callados?. Y yo que pienso, claro que sí Antonio; si así no lo hubieras hecho jamás habría sentido tanto amor por Candela ni tanta pasión por el pez infinito que nunca deja de girar intentado soportar la limitación inacabable de su prisión transparente».
Corrijo; de nuestra prisión transparente.

Parece como si Tocornal desde otro tiempo y desde una isla, con lo que ello significa, lo hubiera escuchado y se decidiera a argumentar la validez de semejante enunciado. Visto así, entonces, Malasanta no solo es una novela sino que por sobre todas las cosas es un teorema. Pero, ¿cómo demostrar que no se puede vivir sin amor? De esa visión parte la tarea del artista. El uso de semejante y manoseada palabra implica que no veo a Tocornal solo como alguien que se gana la vida escribiendo profesionalmente, ni siquiera como un autor de novelas, sino que para mí, y más desde la perspectiva amarga que nos deja en la mirada la lectura de Malasanta, se erige como verdadero artista en el sentido flaubertiano, alguien que con la exacta medida de palabras e ideas intenta comprender la Realidad. Malasanta es una obra que indaga en la ontología de un mundo de objetos, enumerándolos, dándoles existencia por medio de las palabras, pero es también una gnoseología, porque afina los métodos más apropiados para el conocimiento: la mirada transparente capaz de manifestar en todo su esplendor la densa baba que cubre con hastío y mugre todo lo que existe. Y es también una forma de ética, ya que establece los métodos apropiados de acercamiento a aquello que observa y que indaga sin manipular sentimientos ni manchar la narración con ideología. Todos estos métodos, estas estrategias narrativas, funcionan porque están fundamentados en el compromiso del autor con su visión, desafiando censuras y cancelaciones. Si así no fuera, Malasanta sería una piedra lanzada con odio y resentimiento a la cara del lector. Si Tocornal fuera solo un escritor profesional, Malasanta nos lastimaría, nos dejaría ensangrentados y rotos a un costado del camino. Pero por suerte, Tocornal, con su escritura de apnea, nos ha entregado una obra filosófica en el más antiguo sentido del término, y está claro que nosotros, como lectores, debemos pagar un precio para acceder a ese conocimiento, y el precio es purificar tanto la mirada como para lograr ver, lo mismo que el farero en el corazón del mero, o un pez infinito atrapado en una pecera, la increíble versatilidad del ojo que todo lo ve, la mirada de Dios, que carece de cuerpo y de párpados, mirándonos desde el más profundo pozo de mierda.Malcom Lowry en Bajo el Volcán repite una y otra vez a lo largo de cientos de páginas un aviso desesperado: No se puede vivir sin amor. No se puede vivir sin amor.
Acaso, entonces, la mejor manera de demostrar que no se puede vivir sin amor sería describir la vida de los seres que habitan la cuneta y que nacieron para la fosa común. Solo así, siendo impiadosos testigos de su dolor, de su soledad, y de su vacío, podremos entender la terrible envergadura de la ausencia palpable del amor en unas vidas sin escapatoria, desgraciadas por origen y destino. Solo así podremos completar el teorema.
¿Cómo sobrevivir a la lectura de Malasanta? La repuesta a esta pregunta no depende de nosotros sino de la pericia de Tocornal como autor. Cuando uno escribe sabe que existe un compromiso moral en la elección de las palabras y de los argumentos pero también un acto de gentileza sumamente delicada con el lector. Si la vida en general es bastante agresiva, y lo está siendo cada día más, ¿qué sentido tiene que el autor se aproveche de la buena fe de un lector inocente y le arruine el día? Pero el artista tampoco debería renunciar a su visión, que siempre es una forma de misión irrenunciable que podría condenarle el alma, es en la respuesta práctica a las cuestiones enumeradas donde se ve la talla ética de un autor, en la cual, y de manera elegante, siempre están mezcladas la ética con la estética, ya que solo así la obra estará completada, y solo así el lector podrá, de la mano del autor, buceando ambos en apnea, emerger y sin miedo respirar un aire suficientemente puro como para no envenenar la sangre. Entonces es válido también preguntarnos, ¿qué recursos ha utilizado Tocornal para ayudarnos a sobrevivir a su novela? El humor está claro, todo libro sin humor se transforma en un ladrillo sumamente práctico para ser utilizado como estabilizador de mesas desequilibradas o como tope para una alacena o como arma arrojadiza. Hay otro recurso que utiliza Tocornal para salvarnos la vida (sí, no exagero, salir vivo y puro de este libro es una cuestión de vida o muerte…que no está en nuestras manos), ese recurso mágico es la ternura. ¡Vaya palabra arriesgada! ¡Vaya emoción arriesgada! ¿Cómo utilizar la ternura sin ser ñoño? ¿Cómo evitar la cursilería de la exposición impúdica de los sentimientos? Tocornal tiene la respuesta, que curiosamente es la misma que Platón esbozó hace milenios. La salida es la Belleza, y la Belleza no es otra cosa que la suma de Verdad y Bondad. La Bondad auténtica es bella. Por eso es tan bello el abrazo metafísico del niño con pelo de poeta, o la renuncia sentimental, aceptando sus carencias, su dolor y su destino, del viajante de comercio, o la indiscutible belleza de cada uno de los gestos, inútiles, pero por eso mismo trascendentales, de Candela.
Porque cuando nos sumergimos en lo más hondo de nuestros miedos y renuncias, cuando nos atrevemos a abandonar el oxígeno y a aguantar la verdad más profunda apenas con el aire de los pulmones, cuando nos hundimos más y más en el turbio mar de este libro, cuando nos aferramos con confianza y entrega a la mano del autor y buceamos sin tanques buscando el ojo divino junto a la desembocadura de un río de saliva, orín y semen, sabemos que lo verdaderamente difícil será retornar, calcular el momento exacto de la vuelta, del retorno a la luz, y deberemos tener cuidado de hacerlo de la manera correcta, poco a poco, con los intervalos de calma necesarios como para no emponzoñar de detritus indeseables la sangre, y ahí va Tocornal, guiándonos, sin soltarnos la mano, sabiéndolo todo, otorgándonos esos remansos de ternura seca, indispensables para volver sanos y salvos a la superficie, purificados, diferentes a los que éramos cuando abrimos un libro llamado Malasanta.
Decididos a amar para salvarnos.
Gabriel Bertotti
FAUSTO | 13 Gener, 2021 10:33
De espaldas a un mercado editorial plagado de bestsellers y libros de autoayuda que se venden a la misma velocidad con la que se olvidan, muy bien editado por la editorial mallorquina Sloper, Gabriel Bertotti acaba de publicar Historia de Los Angeles.
Un nuevo libro que con valentía, sin prejuicios y con un estilo que ya le es propio, trata de aventuras ausentes, historias inconclusas, y como no podía ser de otra manera, también sobre cine y literatura, siguiendo la línea conceptual de Margen Crítico y Margen Cínico, sus dos trabajos anteriores editados por Món de Llibres.
A riesgo de quedarse solo, pero confiado en aquello que decía Cortázar, Gabriel Bertotti escribe para un lector activo, “un antagonista fraternal”, que de alguna manera – sin ser elegido de antemano por el autor- se convierte en un hermano, participa y lucha con el escritor en el trabajo de creación de la obra.
En virtud de una larga amistad con Gabriel tuve el privilegio como lector de comentar, por así decirlo, en tiempo real, la lectura de este libro con el autor. Toda una experiencia, donde, con mucha alegría y no pocas coincidencias, terminé de convencerme, y esto también se lo debemos a Cortázar, que la manera de leer un libro hace del mismo libro muchos otros libros. Algunos escritores, muy pocos, obran el prodigio de escribir un libro diferente al que hemos leído. Este es uno de ellos. Con qué intención ha sido escrito, cómo el aedo templa la cítara antes de cantar la epopeya, mejor que yo, lo dice en el prólogo Conejo Wilson.
Historia de Los Angeles está compuesto por un conjunto de ocho relatos independientes y de una novela breve que lleva el mismo título del libro.
Los críticos han clasificado a este libro, sobre todo a la novela corta, como un juego metaliterario-palabra que a mí también produce escozor-; pero, cabe señalar aquí, otra vuelta de tuerca, porque si bien el cine siempre se ha nutrido de la literatura, en este caso, igual que en Margen Cínico, es la literatura la que se alimenta del cine:
Bertotti se apodera de Faulkner y Chandler, su prosa es un calco, todas las voces son la misma; igual que a Lázaro, los revive, los convierte en personajes de ficción y, jugando con la posibilidad de que se hubieran conocido, los encierra en un sucucho de los viejos estudios de donde no quieren, o no los dejan salir. Las viejas glorias de la literatura americana hablan y beben sin parar: no sabría decirles si esto es metaliteratura, esto es Niebla en Hollywood. Un sentido homenaje, carente de solemnidad y medallas, pero lleno de ternura y respeto, a dos grandes escritores que tanto han influido en la obra de Gabriel.
Como si esto fuera poco, Bertotti toma prestadas escenas míticas del cine bélico americano y las incorpora en el relato, ordenándolas, conforme a los personajes, o bien a como se le da la gana. Por ejemplo, en El Invitado, un relato que sucede en Vietnam, el taciturno Capitán Willard, de Apocalypse Now, le pone una pistola en la cabeza al Cabo Bufón, de Full Metal Jacket, “marine y corresponsal de guerra en Barras y Estrellas”. Un juego tan osado e inesperado como arriesgado, que sorprende, divierte y conmueve a quien ama a los libros y al cine sin alejarse ni por un segundo del rigor de la trama ni perder el sentido que Bertotti ha querido darle al relato. Pues, yo no sé cómo lo hace, pero lo hace…No hemos venido aquí para descubrir las trampas del mago, sino a disfrutar del espectáculo, y al que me hable de plagio lo espero en la esquina…
Con todo respeto, jugando al mismo juego, de los demás relatos puede decirse que Fuego en Kokoro, parece haber sido escrito ebrio, con Albert Finney bajo el volcán de Malcolm Lowry. Para acabar con la soledad, errante por el desierto de Travis, compartiendo aquel silencio loco, autista, de Pascal Quignard. Cosas que no le dije a ella, también podría llamarse “Cosas que no le dije a Juliette Binoche” o “Malasangre en Buenos Aires”, y me recordó aquel infierno tan temido por Onetti. En La Balada del vagabundo, el narrador parece haberse perdido en algún laberinto de Borges, pero lo acompaña el mismo ángel que a James Stewart le salvó la vida en Qué bello es vivir. Salir afuera, muy cerca de Kafka, el personaje se mira en los mismos espejos donde se acicala la dama de Shangai. Agua de vida, fragmentos de novela negra en estado puro, mariposas de bar sin Mickey Rourke.
Además de pedir disculpas por mis ocurrencias, también debo decir que todos los relatos han sido escritos bajo el hilo conductor del amor, porque, aunque se puede escribir con la impunidad que a los escritores otorga la ficción, así como no se puede vivir sin amor, no se puede escribir sin amor.
De la novela corta, compartiendo los elogios que ya han dicho otros lectores, diremos que es una obra en sí misma, una joya literaria escrita con la prosa, la acción, los detalles, y la elegancia de las mejores novelas clásicas del género negro; que es todo un acierto la voz femenina que narra la historia; que el desenlace de la trama no es menos importante que lo que se cuenta; y que por momentos uno no sabe si está leyendo Historia de Los Angeles o viendo en el cine El Crepúsculo de los dioses, a Gloria Swanson escribiendo su vida en una libreta. Más que un homenaje a Dashiell Hammett, a Scott Fitzgerald, al cine y al mundo del cine, esta novela es el guion perfecto para una película que cualquier director, amante del cine y millonario, ya debería estar filmando.
Sin más citas ni disculpas, con el mayor entusiasmo recomiendo este libro a todos mis amigos y a todos aquellos lectores que todavía creen en la magia del cine y la literatura.
Alex Armega
FAUSTO | 14 Desembre, 2020 11:20
Texto de Nadal Suau leído en la presentación de Historia de Los Angeles en el claustro del Colegio de Nuestra Señora de Montesión.
La impunidad es una prerrogativa del escritor de ficción. Un narrador solo responde ante la Ley que él mismo ha elaborado y sancionado; cierto que el castigo por quebrar esa legislación es muy severo: romper con las exigencias del estilo propio equivale a morir como escritor, hacer añicos la obra. Por otra parte, como en la parábola neotestamentaria, el autor que no desafía en alguna medida los límites de su estética es como el siervo que enterró el único talento que su Señor le dio en hipoteca: incapaz de multiplicar la hacienda encomendada, es expulsado a las tinieblas de la noche, para que le rechinen los dientes.

Pues bien, Gabriel Bertotti invierte los cinco talentos que recibió de su Señor en un Casino: concretamente, en el Casino de la Gran Tradición Literaria Argentina. Vale, el juego y las apuestas gozan de muy mala fama, como el whisky en el desayuno o los departamentos destartalados en blanco y negro con persianas de lama, pero he ahí donde ha decidido instalarse nuestro amigo, en una atmósfera de regusto norteamericano, hecha de peligro y de diversión, rodada con el fervor vital de Howard Hawks o el pulso febril de John Huston. Bienvenidos a la Historia de Los Angeles, una historia en la que la ciudad es un texto, cada ángel tiene la cara sucia, y Scott Fitzgerald es el Yung Beef de la belle epoque.
Antes de seguir, permitidme una confesión: si hace un momento aludí a la parábola de los talentos, fue empujado por el peso del escenario en el que estamos: en los años noventa, Yo era un alumno de Montesión. En este mismo claustro, ocurrieron al menos tres cosas que recuerde: conocí a mi mejor amigo al escucharlo perorar sobre Pessoa; un compañero me prestó un libro que me cambió la vida; e hice el ridículo ante una muchacha que afortunadamente lo habrá olvidado. ¿Y sabéis qué? Tentado por la impunidad del presentador de libros (menor que la del narrador, pero no despreciable), aprovecharé la bula que dan los actos culturales para decir en voz alta, entre estos “tutelares muros”, que existen los estados alterados de conciencia, que todos hemos visitado alguna vez, en alguna fiesta, los paraísos artificiales (inhalándolos, liados en papel finísimo, diluidos en la sangre, ingeridos, mezclados con cola…), y que no es muy distinta esa forma de alteración perceptiva a las que provoca un libro de Gabriel Bertotti.
En particular, las narraciones y artefactos de Bertotti (en adelante, las “bertottiadas”) comparten dos efectos típicos de las sustancias prohibidas, a saber: la sensación levemente paranoica de que todo está conectado, y el déjà vu, que se produce cuando el cerebro registra simultáneamente un acontecimiento como acontecimiento y como recuerdo. Acción y memoria de la mano, el déjà vu distorsiona nuestra idea del tiempo biográfico. Escritura y lectura de la mano, las bertottiadas distorsionan nuestra idea de la literatura. Como él mismo dice en la introducción a Historia de Los Angeles, su libro es “entretenimiento”, placer puro de contar relatos frente al fuego en las noches de invierno. Pero también es una apuesta por conquistar nuestra memoria: son relatos que quieren quedarse para siempre a nuestro lado. Y por fin, son ellos mismos memoria: aquí resuenan otras obras, otros estilos, las variaciones infinitas de lo literario en la literatura argentina y de lo cinematográfico en Hollywood.
Y así, el gesto automático de Aira, la falsificación genuina de Piglia, la ciudad automática de Arlt, el fango viscoso de Lamborghini, los laberintos de Borges… Todos están invocados en esta escritura. Como el Hollywood clásico, como Hammett y Fitzgerald y Faulkner y Chandler. Como el sueño y la risa, la masculinidad que dice adiós y sonríe, un revólver a contraluz. El cine, los libros, un juego de manos. Mitos a los que se accede por conductos daimónicos, que se ponen del revés y luego vuelven a ejercer su influjo.
Es todo un juego de magia.
Como si fuera un exalumno de un Viejo Colegio que se resiste a cerrar sus puertas, Bertotti es gamberro con la tradición, la provoca, le saca la lengua y juega a ponerse en medio de su claustro para decir inconveniencias… Pero, al fin, sabe que también él es parte de esa historia, que la consecuencia final de su escritura es inocular esa historia en la sangre de su lector. El Viejo Colegio de Gabriel Bertotti es la literatura, y vosotros estáis a punto de ser intoxicados.
FAUSTO | 14 Juliol, 2020 11:29
Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo?
No chismorreen demasiado.
Cesare Pavese. Nota encontrada junto a su cuerpo.
Si Gorgias tenía razón y somos islas incomunicadas
que jamás comprenderemos nada
entonces habría que hacer una genealogía de las islas
como quien tira un mensaje en una botella al mar.
Ese mensaje es una oportunidad de esperanza
que corre el riesgo de ser encontrado
por un farero al que solo le interesa
contemplar las infinitas posibilidades que encierra una botella lacrada.
Un acto inútil que condena al naufragio del cuerpo.
Porque todo cuerpo es una isla a la deriva.
La isla como no lugar.
La isla como tesoro.
La isla como aventura.
La isla como cárcel.
La isla como metáfora.
El cuerpo como isla en la que estamos atrapados
hasta el desmoronamiento.
La isla en la que habito
es la misma isla en la que Antonio Tocornal ha venido a dar
para encontrar la libertad.
La isla como estructura, entonces.
Como límite y paradoja
entre los que transcurren
los días de un farero y de un escritor:
A mayor encierro mayor libertad.
Tocornal nos habla de una isla y nos habla de un hombre.
Ya se ha dicho de su novela todo lo mejor que se podía decir.
Ya ha hablado Nadal Suau en seis puntos definitivos en el Prólogo.
Jugando con otras voces para encontrar la exacta
La única con la que se puede hablar de este libro.
Para poder hablar con propiedad de Bajamares
tengo que entrar en mi propia isla
y encontrar la voz adecuada.
Otra cosa sería faltarle el respeto al autor.
Que hurgando en sus propios límites.
Que vagando en el más seco despojamiento.
Encontró el tono con el que contar esta historia
de la misma manera en que brota un milagro.
La magia del desierto es que sospechamos
que en algún lugar habrá agua.
La magia de la desolación en Bajamar está en las Palabras.
Palabras en número tan exacto como
el de los granos de arena de ese desierto
en que se convierte el alma
cuando queremos atraparla en un papel.
Tocornal da miedo.
Puliendo. Puliendo.
Como el alquimista de Ezra Pound
negándose a pronunciar la palabra mágica
que convertiría plomo en oro porque ya una vez
la Palabra se había hecho Verbo y Carne.
La palabra que se ve flotando en el aire
muda y contundente como la luz en las películas de Kubrick.
La desolación de este libro está sujeta a la belleza.
La perfección de una metáfora es cuando no significa nada.
La verdad de una analogía es cuando carece de referencia.
Leyendo a Tocornal
Me doy cuenta de que vivimos insatisfechos.
Y de que moriremos escondiéndonos.
No por miedo
sino como austera declaración sepulcral.
Anulando el verso que desde Eliot creíamos intangible:
En mi final está la parodia de todo principio.
No porque nadie nos obligue
sino porque así lo queremos.
Porque así lo hemos querido siempre.
¡Vive escondido!
Recomendó hace milenios Epicuro, nacido esclavo.
¡Vive escondido!
Si no quieres ser esclavo.
Tocornal encuentra una variante a ese mandato
con una pregunta que es válida para las mareas infinitas de su libro:
¿Dónde vivir más escondido que haciendo frente a la lacerante lucidez de un Ojo sin Párpado?
Un Dios oculto desvelado en las entrañas de un mero.
Un hombre que nace a la muerte
enterrado en el vientre de una ballena varada.
Imagino a Tocornal invadido por la fiebre
de los profetas.
Un amanuense alucinando un vacío discurso eterno.
Imagino a Tocornal corrigiendo
las palabras que van surgiendo como los detritus
de una tormenta.
Un hombre clasificando al mundo en una isla desierta.
Para Nadie.
Para Nada.
Nunca entenderemos sus palabras.
Y eso Tocornal lo sabe bien.
Porque para él
basta un gesto.
FAUSTO | 08 Febrer, 2020 10:16
Jo no soc un crític literari. Si soc re, soc historiador. Però tot i que aquest llibre té un substrat històric, no és evidentment un llibre d’història. Amb això no l’estic desmereixent. No em malinterpretin. De fet, al món anglosaxó ja fa temps que es defensa la ficció com una forma de coneixement. És a dir, entenen que la literatura –a més de l’entreteniment i gaudi estètic que ens pot generar— pot tenir una capacitat de veritat, d’evocació, de coneixement que resulti complementari o fins i tot superador d’aproximacions més històriques.
Passa una mica com amb aquelles bones anècdotes que, potser no són exactes, però són tant potents que aquesta potencialitat supera en valor la seva veracitat.
El llibre d’en Tià aconsegueix això. Perquè sense veure’s limitat pel marc estrictament històric, sinó partint d’ell, recrea (que vol dir crear dues vegades o doblement) una nova realitat que, és evident no va existir exactament així, però que acaba sent més veritable i, sobretot, més útil, més comprensible, més evocadora…
Hi ha un moment en el llibre (ja ho llegiran) en què Joan March contempla com s’elabora un frit mallorquí. No sabem si el frit va existir, però l’escena és valuosíssima per entendre la psicologia del personatge. Perquè a en Joan March i Ordines, en Verga, “el último pirata del Mediterráneo”, tothom es pensa que el coneix. Tothom n’ha sentit a parlar. La bibliografia sobre ell creix any rere any. Gairebé tothom a Mallorca en sap algun pas o té algun parent que el va conèixer. I, tanmateix, d’en Verga no en sabem res.
No sé vostès, però fins dia de Segona Festa, quan se’m va acudir comentar al dinar familiar que havia llegit una novel·la amb en March de protagonista, no vaig saber que just a 50 metres d’aquí, en aquest carrer Major de Manacor, hi tenia una casa. Just davant per davant de Sant Francesc. Era un amagatall per pensar. Quan s’hi instal·lava, només ho feia saber a les monges de davant, que s’encarregaven de dur-li el menjar. Hi ha qui fins i tot xerra d’un túnel per sota del carrer Major. Però els tiets de la meva dona, que són qui van comprar la casa, mai el van localitzar.
Tornant a REIS DEL MÓN, l’escena del frit és ben reveladora de la mallorquinitat del personatge. I això és una cosa compartida amb l’altra protagonista de la novel·la. Tots dos són profundament mallorquins. Deia Joan Miró que calia tenir els peus ben ferms a terra per poder botar ben enfora. O dit d’una altra manera, només des d’allò propi es pot ser universal. March i Mascaró van aconseguir precisament això. Sense deixar de ser malllorquins, ser universals.
March, si podia, només treballava amb gent nascuda a l’illa. Mascaró, a l’exili –i com passa sovint amb els exiliats— va construir (va imaginar) una illa idíl·lica, inexistent. Ser de Mallorca era, sens dubte, un tret definitiu i definitori en ambdós casos.
No era l’únic tret compartit. Tots dos nomien Joan, tots dos eren de Santa Margalida, tots dos va excel·lir en els respectius camps i tots dos, penso, compartien un mateix tipus d’intel·ligència.
Dit pel broc gros, podríem establir que hi ha dos tipus de creadors: aquells que fan la seva obra a partir de barrejar de forma original elements ja existents, és a dir, que creen a partir del vincular àmbits fins aleshores aliens o de trobar relacions fins aleshores inexplorades; i aquells que creen del no-res, aquests últims són intel·ligència pura. Són aquells capaços d’imaginar el futur abans que aquest prengui forma. Els protagonistes d’aquesta novel·la són d’aquests darrers.
March imagina negocis, on ningú hi havia pensat. Negocis amb conseqüències que encara avui són presents… per la família March que encara avui són de les més riques d’Espanya, però també per Mallorca on ‘la reforma agrària’ podríem dir que va ser obra d’en Verga. Per la seva banda, Mascaró va connectar cultures de la mà de la seva increïble capacitat lingüística. Tot i que encara no suficientment valorat i recordat a Mallorca, el seu ressò intel·lectual és encara present, especialment al món anglosaxó, on els seus llibres formen part del cànon occidental i, per exemple, un dels seus llibres està entre els deu més venuts de la col·lecció de clàssics de Penguin.
Però tampoc voldria que pensessin que estem davant dues ànimes bessones. Tampoc és la intenció de la novel·la d’en Tià suggerir aquesta lectura. Si en March va ser un home d’acció i negocis, guiat exclusivament per la recerca del guany econòmic; en Mascaró va ser un home d’idees i ideals, republicà convençut, que va cercar tota la seva vida el coneixement.
Aquesta diferència, paradoxalment, els feia més propers. Per March, Mascaró era un orgull (que un margalidà, que un vilero, tingués aquesta reconeixement intel·lectual) i, al mateix temps, una mena de curiositat entomològica: algú que vivia en i pels ideals… per en Verga era incomprensible. Per Mascaró, March era també una oportunitat d’estudiar i aprofundir en l’ànima humana… en una ànima moguda per uns interessos i afanys que a ell, un home de lletres, li quedaven ben enfora… pel savi afincat a Anglaterra era també incomprensible aquest relativisme.
Per tots dos, es barrejava l’orgull de conèixer algú únic i nascut al mateix poble, amb l’interès pel què és diferent, tot reconeixent en aquesta diferència quelcom de singular.
I, precisament, en Tià fa una mica això… pren aquests dos mallorquins únics i ens permet el luxe de veure’ls, de sentir-los i d’acompanyar-los per la seva relació estesa al llarg de pràcticament una vida. De fons hi ha guerres, exilis, negocis, èxits, reconeixements, traïcions, amors i morts… però tot això passa molt en un segon pla, perquè en primer pla, REIS DEL MÓN, és una conversa sobre l’ésser humà, sobre els seus afanys i les seves pors, sobre els seus somnis i les seves esperances, sobre desenganys i sobre amistat.
Perquè en aquesta conversa, fragmentària i recreada, allò que presenciem és un fragment de vida. Què més se li pot demanar a un novel·la ?
Jaume Claret

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