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Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

Margen Cínico, una reseña de Alex Armega

FAUSTO | 06 Febrer, 2020 18:21

Por supuesto que se puede leer este libro como si fuera el primer libro que uno lee de Gabriel Bertotti, la sorpresa y el entretenimiento están asegurados, pero cuenta con ventaja aquel que también haya leído Margen Crítico (un hermoso libro que habla de libros y de literatura con el mayor respeto y la mayor libertad), y todavía más ventaja tendrán  aquellos que leen a diario su libro virtual infinito, en el conocido site del autor, en Facebook. Digo esto, porque para entender, el ambicioso “proyecto literario” del autor- para decirlo de alguna manera, porque Gabriel dispara a todo lo que se mueve-, antes de preguntarse de qué escribe Gabriel o sobre qué escribe este argentino radicado desde hace años en la isla de Mallorca, conviene antes haber leído algo, y no precisamente y exclusivamente todos los libros de Gabriel, tampoco de haber leído mucho o poco, no se trata de cantidad o calidad, sino de haber leído lo suficiente como para amar a los libros, a sus autores y a la literatura tanto como para no poder vivir sin ella. Cumplido este mínimo requisito, a ningún amante de las letras le resultará difícil o extraño leer Margen Cínico y hacerse amigo de Bertotti; con los oídos tapados como los marineros de Ulises subirse a la misma barca, y sin rumbo ni destino remar con él en la misma dirección porque, como ya ha sido dicho, en la experiencia está el sentido.

Otra no queda. Hay que entregarse, porque en Bertotti nada es lo que parece. Por ejemplo, en este libro que habla de cine no estamos leyendo a un crítico de cine; por así decirlo, a la manera de un francés que escribe para los Cahiers du Cinéma, ni leyendo a un cinéfilo erudito, como a nuestro Salvador Samaritano, aquél conductor de TV argentino cuya presentación de las película duraba más que toda la película. Y, aunque Gabriel es un filósofo en toda regla, y de los buenos, de la vieja escuela griega, de aquellos que hacían de la filosofía su forma de vida, tampoco estamos leyendo a un filósofo del cine, o a alguien que pretenda hacer con el séptimo arte una tesis de filosofía. Pues entonces, ¿Cómo hablar de este libro? ¿Cómo calificar este extraño y asombroso libro? Lo diré a riesgo de ser mal interpretado: Margen Cínico es el libro de un escritor que habla del cine como si estuviera haciendo cine. Y hacer cine es hacer arte.

Margen Cínico es un libro de cine y de amor por el cine, un libro que habla de películas, actores, directores, de la industria del cine, del cine como arte y espectáculo mediante escritos breves, impresiones personales, anécdotas, entrevistas, mentiras piadosas, verdades como la copa de un pino, humor, literatura y  poesía.

Como en el cine, supongo que cada una de las partes de este libro ha sido pensada y escrita como si se tratara de escenas aisladas, filmadas sin aparente sentido global, en diferentes tonos y en distintos tiempos, pero rumbo a una sala de montaje donde jamás se montará nada. Por supuesto que Gabriel no se ha dedicado al cine, pero sí resueltamente a escribir. Entonces, “escribir como si filmara” termina por otorgarle a Margen Cínico una estructura narrativa totalmente nueva, inesperada, desconcertante y tan libre y anárquica como encantadora; algo parecido a lo que para Gabriel representa el cine de David Lynch: “es como si el mundo del otro lado de los sueños se hubiera escapado de las mentes sincronizadas de los soñadores y se hubiera instalado entre una hamburguesería y una fábrica abandonada” (Pág.285).

Como lo dije antes, escrito con la total libertad de no ser nadie más que un amante empedernido del cine, que escribe lo que le da la gana, lo que siente, sin prejuicio alguno, sin más límites ni restricciones que el del buen gusto y la buena prosa cuando se hace poesía: “Amanece en Camboya. Dos hombres se alejan de la ribera coronada por las cabezas cortadas de aquellos que murieron alucinados por la irremediable verdad”.  Terrible, escalofriante, escrito como si Gabriel se hubiera quedado en la costa viendo como el soldado loco y el Capitán Willard abandonan el corazón de las tinieblas… (Apocalypse Now, Redux, Pág. 215)

Y también hay buen humor, cuando llegamos a una parte del libro titulada “El esplendor de lo inútil”, un breve diccionario del fracaso. Pero cuidado que el humor está en todas partes: “Wayne es el arquetipo de la pluma. Al verlo no cuesta imaginar a un cowboy cuya ropa interior son unas bragas manchadas”, dice Gabriel sin pudor ni temor cuando habla del legendario e intocable John Wayne. (Pág.414)

Pese a la aversión por las palomitas que el autor de este libro manifiesta en muchas páginas, compremos la canasta más grande y con una sonrisa grande entrémosle a este  libro, entremos al cine:

“Toda tu vida no has sido otra cosa que Bambi”, dice Gabriel en el prólogo, homenajeando a todas aquellas películas de Disney que marcaron nuestra infancia, y que aún hoy, a pesar de la inmediatez y la furia de los videojuegos, estas maravillosas películas, ultramodernas, remasterizadas, en 3D, con alucinantes efectos especiales  a velocidad de vértigo y que con un endemoniado sonido inundan la pantalla, siguen siendo lo que eran, películas para los chicos, cine de la infancia. Porque como dice Gabriel “el cine nunca se nutre de la realidad, sino que se alimenta de sí mismo”. El cine no reproduce ni copia nuestra infancia para embellecerla y hacerla más dulce y placentera: Bambi, Blancanieves, La Bella Durmiente, Mary Poppins, Dumbo, El Libro de la Selva, Peter Pan, así como Harry Potter para nuestros hijos, son la infancia.

“La realidad supera la ficción”, suelen decir los periodistas con nómina cuando algo los conmueve y no saben qué decir. Pues la ficción no supera nada. La ficción es la realidad misma cuando un escritor o un director de cine la toca y la convierte en arte. De todo esto, precisamente de arte, nos habla Gabriel Bertotti cuando en Margen Cínico le toca el turno a John Huston, David Lynch, Stanley Kubrick, Akira Kurosawa, Orson Wells, Chaplin, Buster Keaton, Buñuel, Leos Carax, Los hermanos Cohen, Tarantino, y a tantos otros grandes mencionados en más de 450 páginas de literatura y cine… Y también en esta reseña vale destacar  la valentía del autor cuando habla en serio del cine de Santiago Segura, popular y famoso, pero siempre acosado por el cinismo postmoderno de lo “políticamente correcto”, y quebrar una lanza por el impresentable y querido Torrente, que si ese personaje no es arte le pega en el palo tío…

Por último, en este convulso tiempo plagado de fake news, quisiera advertir a los incautos lectores del peligro que tienen para nuestra salud mental las entrevistas de un tal Alexander G, colaborador de Gabriel en este libro; son tan disparatadas y actuales que al leerlas, para mi alegría pensé que John Ford y Orson Welles todavía seguían vivos, que el “Palacio del Cine” todavía estaba abierto y que mi viejo a la salida del trabajo nos llevaría a ver El bueno, el malo y el feo.

Las fotos, como todo en este libro, son muy raras. Son de Gabriel Bertotti, pero, como aquellas ambiguas pitonisas, cuyo oráculo está en Delfos, no dicen ni ocultan nada. Son también literatura, relato y símbolo; los que frecuentamos los post de Gabriel en Facebook ya lo sabíamos. La foto de contraportada, que supongo no es de Gabriel sino de Alexander G, es de una desoladora belleza pocas veces vista.

Como ya le he dicho a Gabriel respecto a Margen Crítico: “ Che, cuántos libros quedaron afuera…”, ahora le digo cuántas películas quedaron afuera, cuánto cine quedó fuera de este libro… pero no importa querido amigo la vida entera no cabe en un libro, pero seguro que habrá más libros y más vidas.

Alex Armega 

 

 

 

 

 

Presentació de Margen cínico. Per Begoña Méndez

FAUSTO | 23 Gener, 2020 19:50

Aunque Gabriel Bertotti es un exquisito cinéfilo, Margen cínico es mucho más que el ensayo de un enamorado del cine. Y aunque Bertotti es un poeta exaltado, siempre arriba, un escritor intenso que juega fuerte, este libro es mucho más que un poema homenaje a las películas que han contribuido a hacer de él el autor sabio y desvergonzado que escribe para honrar la vida y enseñarnos a aceptar la muerte. En Margen cínico, Bertotti apuesta por transitar las lindes desconocidas de la historia del cine, por entregarse al juego literario de inventar lo que no existe y que, sin embargo, debería estar ahí, por pura justicia poética. La literatura de Bertotti nos convierte en samuráis y en stalkers y somos con él un grupo salvaje que ama los desiertos y que rastrea los paisajes nevados. Margen cínico reescribe los films de nuestras vidas y los transforma en versos que gritan y que susurran las grandes bellezas y los amores perdidos. Convierte sus películas amadas en piezas de artesanía que encierran la suavidad de los monstruos y la ternura de los héroes fracasados. Sus textos son joyas parlantes que nos hacen recordar antiguas verdades, como que la amistad y la risa son dos de las más bellas formas del coraje. Margen cínico nos hace reír y partirnos de risa y es una compañía amiga, sí, pero tengan cuidado: también sabe dejarnos a la intemperie porque aquí, en este libro, llueve mucho y hay cielos inmensos y águilas solitarias en pleno vuelo. Hay infancias desoladas y violencias brutales. Mientras leía Margen cínico imaginaba a Bertotti como un bibliotecario borgiano que nos ilumina con el fuego que sostiene entre sus manos. Alguien con el extraño encargo de ordenar los imaginarios de mi memoria fílmica. Pero, y esto es lo que otorga un valor literario definitivo, conocer las películas sobre las que escribe no es en absoluto necesario para poder gozar de este libro. Con esto quiero decir que sus historias de hombres sin nombre y sin memoria revelan igual mis anhelos, con o sin Paris, Texas. Que el fuego camina con su escritura y que me quema igual, con o sin David Lynch. Y lo repito, tengan cuidado: Gabriel Bertotti nos vampiriza igual, con o sin Murnau. Léanlo con las puertas abiertas y con el cuello inclinado: su mirada poética conoce nuestros secretos y por eso sabe mordernos. Margen cínico es la luz viva y la sangre de nuestra memoria fílmica. Nadie debería salir indemne del arte y Bertotti se ha encargado muy bien de ello. No podría hacer otra cosa que darle las gracias.

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Begoña Méndez. La Biblioteca de Babel 22/01/19

Presentació de Margen cínico, de Gabriel Bertotti. Per Sebastià Alzamora.

FAUSTO | 11 Desembre, 2019 17:10

Aviat farà dos anys Gabriel Bertotti i un servidor (i alguns de vostès també) ens vam reunir aquí, en aquest mateix temple que coneixem com a Món de Llibres, amb el pretext de presentar un llibre que havia escrit jo i que ell va presentar, fins molt més enllà de les possibilitats del llibre en qüestió. Un bon argentí, com sap tothom, no oblida ni perdona, i avui torn a comparèixer aquí, davant de la congregació, per rebre, desde este mismo púlpito, el càstig que em correspon, en forma d'inversió de papers. Avui som jo qui ha de presentar Margen cínico, el nou llibre de Gabriel Bertotti, i, com va dir el clàssic, en mi vida me he visto en tal aprieto. No perquè el llibre no m'agradi: ben a l'inrevés, i ja ho dic des del començament, el llibre és magnífic, una joia. La meva aprensió es basa en dos altres motius, ben diferents. D'una banda, es torna a donar la mateixa desproporció que fa dos anys, però a l'inrevés: Margen cínico, el llibre, la seva bigarrada magnificència, ultrapassa de molt les meves possibilitats com a presentador de llibres. D'altra banda, a més, tenc por. Tenc por de l'autor, concretament. Aquest home que tenc al costat, Gabriel Bertotti, no és normal. I ara intentaré explicar per què.

         Abans de fer-ho, em permetran que faci una d'aquestes coses que no hauria de fer el presentador d'un llibre en l'exercici de les seves funcions, però que no em puc reprimir de perpetrar. La cosa consisteix a explicar anècdotes que li han passat al presentador durant la lectura del llibre, un vici horrible. Però el cas és que han de saber vostès que la lectura de la segona meitat de Margen cínico, duita a terme durant la darrera setmana, em va coincidir amb dos viatgets breus però gairebé consecutius (d'aquesta manera, i obr un parèntesi, faig veure que som un d'aquests escriptors viatjats que sempre transmeten la impressió de venir de llocs molt interessants de fer coses molt interessants, dues coses que mai són certes, i tanc el parèntesi). Gràcies a la generositat, munificència i previsió tant de l'autor com de l'editor, jo disposava d'un exemplar del llibre, que vaig tenir el goig de rebre tan bon punt va sortir d'impremta, i també d'un joc de galerades, que se m'havia lliurat uns dies abans per si volia anar avançant feina. L'exemplar providencial, afortunadament no dedicat, el vaig deixar oblidat dins un taxi de la ciutat de Colònia, Alemanya, en el típic descuit que tens quan estàs pensant en com arribaràs a una adreça que t'han donat, en un país on es parla un idioma del qual amb prou feines saps dir la paraula kartoffen. Aquesta va ser una pèrdua òbviament sensible, però em vaig consolar pensant que, en tornar a casa, podria continuar la lectura amb el joc de galerades, que podria endur-me'n també al segon viatge, que era a un destí molt més proper, concretament la ciutat en guerra de Barcelona. Vaig ser a Barcelona dimecres d'aquesta setmana, just a temps per rebre damunt meu un aiguat de magnituds bíbliques. Exposat a la intempèries com em trobava, i amb el joc de galerades sota el braç, vaig intentar protegir-me del diluvi amb un paraigua que vaig comprar a un establiment regentat per una família migrada de l'Orient cada vegada menys llunyà (un xino, per abreujar) per tres euros, però va ser debades. Dues ventades fortes i un ruixat especialment portentós al xamfra del carrer Diputació amb Passeig de Gràcia, a pocs metres de l'entrada de metro on esperava poder arribar i arrecerar-me, van desintegrar el paraigua xinès i van estar a punt de fer el mateix amb les galerades. Les galerades, però, van sobreviure, perquè les edicions de Món de Llibres són molt cuidades i fan servir un paper d'una qualitat especialment alta, de gran capacitat d'absorció. De manera que vaig dur el joc de galerades greument accidentat (però no mort, com el dèbil paraigua) fins a un lloc segur, on em vaig dedicar a guarir-lo amb l'ajut de l'escalfor d'uns radiadors de calefacció de Gas Natural. El joc de galerades va respondre tornant prou en si per continuar sent llegible, tot i que els fulls van adquirir aquella rigidesa apergaminada que agafa el paper (el bon paper, vull insistir; el dolent es desfà) quan el banyes i després l'eixugues. I així vaig culminar la meva lectura de Margn cínico, en aquell feix de papers una mica encarcarats que ara us puc mostrar aquí.

         Us he endossat aquesta historieta, en realitat, per un motiu que ens du a allò que de debò us volia explicar. I és que el relat de les meves vicissituds amb la lectura de Margen cínico em fa pensar, tan vagament i capriciosament com vulgueu, a les que conta el gran Christopher Walken en una de les escenes més rutilants del clàssic Pulp Fiction de Tarantino, que és aquella en què fa entrega a un suposat Bruce Willis nin (suposat perquè no el veim, està en fora de camp) del rellotge de son pare, que ell, Christopher Walken, ha custodiat com una penyora d'ençà de la mort del pare de l'infant, i amic seu, a la guerra de Corea, o de Vietnam, ara no me'n record. Òbviament una història i l'altra no tenen res a veure, com també és obvi que jo no som Christopher Walken, que va arribar a dur el rellotge dins el recte durant cinc o sis anys, perquè no li prenguessin. Jo no vaig arribar a un nivell semblant d'abnegació i sentit de la responsabilitat ni amb l'exemplar del llibre ni amb el joc de galerades, tot i que en descàrrec meu s'ha d'admetre que hauria resultat més complicat i dolorós. Però això, el fet d'associar una anècdota personal amb una seqüència que ens encanta d'una o altra pel·lícula, només perquè els fets que hi passen s'adequen a una sintaxi narrativa aproximadament similar, és una clara mostra del que crec que hauríem d'anomenar cinepatia. I que era on volia arribar.

         Margen cínico és l'obra d'un cinèpata, que és el nom que correspon a un malalt de cinepatia. Però no un cinèpata qualsevol, com jo mateix, sinó un que es troba en una fase aguda del trastorn. I aquest cinèpata en fase aguda és, com dic, el que tenc al costat, Gabriel Bertotti, autor del llibre que he de presentar. I argentí, per acabar-ho d'adobar. I si dic alguna cosa amb la qual ell estigui en desacord? I si se'n tem de la meva incompetència manifesta? I si una d'aquestes fugaces associacions d'idees entre la realitat i el cinema el du a vincular aquest mateix instant amb algun de la pel·lícula Joker, que em consta que li ha agradat molt, i decideix actuar com un Joaquin Phoenix qualsevol contra un presentador insuportable? Comprendran vostès que no les tengui totes.

         Per fortuna, el perfil i el quadre clínic del cinèpata són més propers als del sociòpata que no als del psicòpata. Vull dir que en principi no se n'han d'esperar conductes extremes ni aberrants, ni una compulsió assassina irrefrenable, etcètera. Però això no treu que el cinèpata no pugui tenir també un alt grau de perillositat social, més que més perquè es presenta precisament sota un aspecte socialment acceptable, com un membre perfectament integrat de la comunitat. El cinèpata no envaeix la via pública ni destrossa el mobiliari, com sí que fan els seguidors dels clubs de futbol, una altra espècie profundament trastornada però tanmateix ben acceptada per les societats occidentals com a paradigma de la seva decadència, i que sí que pot arribar a la violència física pel llançament d'un corner. Per entusiasmat que surti del cine després de veure la darrera obra mestra del seu director de capçalera, el cinèpata no desfila en cotxe fent sonar llargament el claxon i causant embussos per les principals artèries de la ciutat, ni trabuca les papereres ni compixa les casetes dels venedors de la ONCE (notin el temible jardí en què m'he ficat aquí, atesa la doble condició que té l'autor com a cinèpata i com a futboler, i a més, insistim-hi argentí. Feim, per tant, una elipsi kubrickiana sobre el jardí en qüestió perquè no es noti gaire). El cinèpata no és normal, això ja ho he dit abans, però les manifestacions de la seva alienació són més subtils. I tanmateix, són ben reconeixibles i no exemptes d'un perill cert.

         Quan discuteix amb la seva parella, posem per cas, el cinèpata reviu un enfilall d'escenes glorioses de parelles que s'engeguen mútuament al diable, des d'Al Pacino i Diane Keaton a la segona part d'El Padrí de Coppola (1975), fins a Jennifer Jones i Gregory Peck besant-se apassionadament mentre moren acribillats per ells mateixos a Duelo al sol de King Vidor (1953). Aparentment es tracta d'algú a qui li agrada practicar una habilitat social tan estesa com la de comentar pel·lícules, però per a ell o ella això no és un simple entreteniment de sobretaula. No és innocu: el cinema, i aquells que fan el cinema, són part de la seva vida, en una mesura com a mínim igual d'important, i sovint més, que els éssers de carn i ossos que l'envolten en el dia a dia. Troba vulgars expressions com “el setè art” o “el cel·luloide”, que són pomposes però que no es fan càrrec de la veritat profunda de l'assumpte: i aquesta veritat és que el cinema és la vida, o que la vida es justifica i pren sentit en tant que el cinema li dona forma. Això inclou tota la vida humana anterior a la invenció del cinematògraf, que també coneix per la manera que el cinema l'ha moldejada: l'Edat Mitjana és l'Edat Mitjana de les pel·lícules, l'Imperi Romà és l'Imperi Romà de les pel·lícules, i així successivament. Menysprea els rumors i la xerrameca sobre els artistes, però s'apassiona en descobrir que Joan Fontaine i Olivia de Havilland eren germanes, i s'entendreix pensant en com la primera va sofrir durant tota la vida l'enveja i la gelosia atroces de la segona, amb el suport inestimable de la seva malvada mare. Minimitza també la importància dels premis i dels festivals, però es mosqueja com si es tractés d'una qüestió personal quan els films, els directors, les actrius i els actors de la seva devoció no són reconeguts així com sens dubte mereixen. El cinèpata s'emparenta amb el cinèfil, però només fins a un cert punt, perquè el cinèfil té alguna cosa de funcionari de la memòria del cinema, una cosa entre un notari, un historiador i un arxiver. Moltes dades dins el disc dur, però poca emoció al cor i a les venes, poca ànima. Parlant de funcionaris, quan algú que l'atén a una finestreta, o a un banc, o a la facturació d'un vol, el tracta amb maneres inadequades (aquest tipus de mindundi que es pensa que té algun tipus d'autoritat damunt la resta només perquè és l'últim mico d'una empresa o d'una administració pública), el cinèpata s'imagina a ell mateix com Steve Buscemi a Fargo, que es carrega el vigilant d'un pàrquing perquè pretén cobrar-li una hora sencera quan només ha passat uns minuts dins el local. Té una relació tortuosa, el cinèpata, amb els tràilers, els teasers, les crítiques que apareixen el mateix dia de l'estrena (o fins i tot abans) i, en general, amb tot el que pugui desembocar en l'espòiler, amb el qual se situa en un punt intermedi entre el dolor i el plaer. D'ençà de la invenció d'internet, i de l'assentament de l'hegemonia de Google, quan veu una pel·lícula que li agrada es passa hores, i fins i tot dies, navegant a la recerca d'informació sobre el rodatge, d'entrevistes amb qui sigui que hagi tengut alguna cosa a veure amb la realització d'aquella obra, de curiositats sobre la banda sonora, de notícies estrambòtiques sobre gent que s'ha enamorat, o s'ha suïcidat, o ha comès qualsevol tipus de barbaritat abans, després o durant del visionat del film. El cinèpata viu en una dimensió paral·lela a la de la realitat tangible, i la notícia d'una determinada estrena d'aquí a uns mesos, o la troballa d'una pel·lícula de la qual en desconeixia l'existència (i millor si altres cinèpates la desconeixen també, i així en pot presumir davant d'ells) li alegra la vida amb una emoció molt semblant a la de la retrobada d'un vell amic o el naixement d'una inesperada atracció sexual o amorosa. Ja hem dit que en principi no és violent, però se sent ofès o ofesa en alguna part molt íntima en presència de l'esnob, aquella espècie sincerament assassinable que no pot viure sense qüestionar, o refutar per  complet, els mèrits inqüestionables de les pel·lícules que li tenen l'anima robada al cinèpata sensible.

         El Margen cínico del cinèpata Gabriel Bertotti no fa referència, crec, al cinisme tal com el coneixem habitualment, és a dir, com l'habilitat propera a la hipocresia damunt la qual es basen gran part de les nostres relacions socials (d'aquí que el seu comportament sigui subtilment, prò profundament, antisocials). Té més a veure amb els cínics com a escola filosòfica, i aquí hem de recordar que la paraula cínic prové, etimològicament, del llatí cynicus, que a la vegada és una adaptació de la veu grega kynikós, és a dir, “aquell que pertany a l'escola cínica” o bé “allò relatiu al ca”, perquè deriva de kynós, que vol dir ca. La escuela del perro, en definitiva, com anomena els cínics el mallorquí Carlos García Gual. No ens pot passar per alt la proximitat entre aquest kynós, que vol dir “ca”, amb el kine, també grec, que significa “moviment”, i del qual procedeix la paraula cine. A l'inrevés del cínic i del cinisme tal com el tenim entès i practicat avui, el cínic de l'escola cínica es caracteritzava per la seva desconfiança de les aparences, la seva disconformitat amb les convencions socials i la seva recerca de la veritat. Eren antisocials també, gent que no convenia ni encaixava amb el bon funcionament del sistema.

         Com Diògenes, que va ser el pare dels cínics i que ha acabat donat nom a una síndrome que consisteix a acumular porqueria dins el propi domicili, Gabriel Bertotti també va, a través de les pàgines del seu llibre (d'aquests i dels seus altres llibres) amb una llanterna a la mà en ple dia, a la recerca de la veritat, de dones i homes de veritat. I, com a més de cinèpata és un escriptor excel·lent, propietari d'una escriptura rica i poderosa tant pel que fa al llenguatge, que s'hi desplega exuberant, com a les incomptables referències que maneja, aquesta recerca la fa dins l'àmbit de la ficció, en aquest cas de la ficció cinematogràfica, la ficció en moviment aparent, el moviment que sorgeix d'unes imatges projectades a través d'un canó de llum que esqueixa un àmbit ple d'obscuritat (la caverna de Plató, en efecte). Això li permet moure's, i guiar-nos, a través d'aquest espai incert, però absolutament real, en què Borges explica en una entrevista l'instant que precedeix la caiguda dins la ceguesa total, i que consisteix en un instant de contemplació de la més pura bellesa. O posar-nos al corrent sobre una galeria memorable de bells perdedors que van fracassar sense pal·liatius en el seu intent de fer-se un lloc dins la història del cinema, o d'una rastellera de projectes cinematogràfics que no van arribar a bon port pel motiu que sigui, i que anaven a càrrec d'escriptors, artistes i directors que podien haver fet alguna cosa important però no la feren. O fer-nos morir de goig amb un seguit de textos a mig camí entre l'assaig i la fabulació, en què acabam de saber-ho tot sobre Ford, Kubrick, Buster Keaton, Kurosawa, Lynch, Huston , Tarkovski o Buñuel, perquè el que sempre ens falta per saber és allò que podem descobrir a través de la intuïció i de l'humor d'un fabulador capaç d'escodrinyar l'ànima humana amb la subtilesa i la falta de contemplacions (les dues coses alhora) amb què ho fa Gabriel Bertotti. O revelar-nos per fi la causa de l'endarreriment secular d'Espanya, i de les Balears, en els informes PISA (altrament coneguts aquí com a informe Trepitja) i en els rànquings d'I+D de la UE, i que no és altra que l'obstinació indiscutiblement cateta a veure les pel·lícules doblades, fins al punt de consagrar el doblatge com a disciplina artística vàlida. El Margen cínico de Gabriel Bertotti s'estén, efectivament, per un marge de la realitat en que allò que és veritable i profund sorgeix del que es presenta com a improbable o arbitrari, i això és el que fa que llegim les seves pàgines amb una constant i feliç sensació de meravella. Bertotti és el boig lúcid que fa ressuscitar la morta al final inoblidable d'Ordet, el mentider veraç que Woody Allen glossa a les seves millors pel·lícules, i que podia haver estat interpretat per Alan Alda, però també per Robert Mitchum després d'haver passat per l'experiència de La nit del caçador de Charles Laughton, o per Erland Josehpson a les ordres de Bergman. Per algun actor molt sofisticat o molt esqueixat, sempre temible i a la vegada mereixedor de llargues converses a la vora del foc, i sobretot guapo i ben plantat. La meva recomanació és que no es perdin aquesta oportunitat esplèndida d'immergir-se en els feliços deliris de la cinepatia. Moltes gràcies i enhorabona, Gabriel Bertotti.

Sebastià Alzamora

BERTOTTI (MÓN DE LLIBRES, 7-XII-19)

Una flor sin pupila y La mujer de nieve

FAUSTO | 21 Novembre, 2019 11:02

Un libro a veces no es solo un libro

y algunas palabras son mucho más que palabras.

Algunos libros

no deberían estar allí.

Lo mismo que la vida, son un puro milagro.

Lo normal es que no hubiera nada. 

Que la taza estuviera rota

y que no pudieras tomar café.

Un libro a veces es un extraño artefacto

compuesto por sortilegios y hechizos,

misteriosos mantras que transforman

dolor en plenitud

y que resucitan a los muertos en vida.

Uno de esos extraños aparatos que te comunican con 

los mundos ocultos detrás de tus ojos

es este experimento llevado a cabo

por una Mujer de Nieve

que se niega a ser simplemente Begoña Méndez

y que sabe que solo las flores sin pupila

son dignas de llamarse flores.

Y si pudiéramos llamarlo "libro"

este sería un libro maldito.

Un libro robado a las vírgenes de todos los sacrificios.

Un libro que reproduce

de otra manera

en otro ámbito

las palabras con las que resucitó de sus pedazos

esparcidos en el desierto

Osiris

y que repitió sin esperanza pero lleno de fe 

el doctor hereje

que creo al Monstruo.

Porque el Paraíso es de los Monstruos

que refutaron todos los Infiernos.

La Mujer de Nieve

viene del pasado remoto

en el que los hombres recitaron las palabras de las mujeres

que despreciaron al dios del dolor

cantando las canciones de la alegría.

Sagrado sea mi vientre

Bendito mi placer

Eterna mi agonía.

Como Paul Klee

Begoña Méndez 

es una flor sin pupila 

que canta la canción

de los que habitan entre los

no nacidos y los muertos.

.

Gabriel Bertotti

Temporada alta. La mirada lúcida de Nadal Suau.

FAUSTO | 24 Octubre, 2019 11:51

Yo fui tonto mucho tiempo.

                                                                          

Este libro que comienza con un símbolo y termina con un talismán

no es la crónica de una ciudad.

O no es solamente la crónica de una ciudad.

Es muchas cosas a la vez.

Este libro no es lo que el autor cree que es.

O no es solamente lo que el autor cree que es.

Un libro es importante cuando surge por sí mismo como una nueva realidad inesperada.

Como si a pesar de ser irremediable pudiera ser considerado un accidente o un error.

El autor es una falacia y un fracaso.

Todo orden es superstición.

Temporada alta es la crónica de la construcción de un pensamiento.

Es la crónica de las variables y posibilidades que median entre la historia y la distopía.

Es la construcción de un artefacto como hipóstasis de los empeños de esa mente inquieta, desprovista de subjetividad y melancolía, haciéndose tan contundente en su materialidad como una fuente en una rotonda, una estatua vacía que se repite en otro mundo o el sendero de detritus urbanos que te conduce sano y salvo de vuelta a tu hogar.

¿Quién es ese que habla?

Ese que piensa.

¿Desde dónde dice lo que dice?

¿Cómo logra la objetividad de sus enunciados apocalípticos?

¿Cómo sobrevivir a la frase que concluye con que todos los ciudadanos y sus vidas y sus expectativas se licúan en un fantasmagórico ser nuevo, producto de una industria que disecciona conciencias y tiempo en puro presente vano, llamado "turista"?

La maquinaria comercial y financiera que rige el capitalismo busca que todos seamos turistas de nuestras vidas transitando por un perenne centro comercial que antes se llamaba "ciudad".

El autor deberá entonces ser un infiltrado, un espía que sabe que para construir una gran mentira es indispensable que el contexto sea verdadero pero que los detalles sean tan precisos como un unicornio.

En eso se fundamenta el arte de la publicidad y de la gran literatura.

Solo recordar lo que es una invención y no ha existido jamás.

Y si bien este libro, esta indagación aérea de una mente que sobrevuela como un dron el centro privatizado, las playas ahogadas por delirios de idiotas, las ruinas hundidas bajo la luna y las terrazas habitadas por oligofrénicos, es una de las más profundas y cruelmente divertidas disecciones sin anestesia del nuevo capitalismo, es también el último de los eslabones de una determinada tradición romántica que postula que nunca es gratuito el avance tecnológico, la ciega servidumbre a la alegría exultante de esputos y semen cuajado del capitalismo más atroz. El autor resalta un verso de Audre Lorde: "En el centre d'una ciutat dura i espectral/ totes les coses naturales són estranyes" que me recuerda aquel otro de Octavio Paz que dice: "Todo lo que me nombra o que me evoca/ yace, ciudad, en ti, yace vacío,/ en tu pecho de piedra sepultado".

Semejanzas, convergencias y hallazgos comunes más allá del tiempo, tan válidos para el Londres sórdido de William Blake reconvertido en el inmenso crucero que navega quieto sobre el que escribe Ian Sinclair o para el Buenos Aires demolido por Martínez Estrada o para el metastásico México de Paz, tan cercanos a la Palma de Nadal Suau y a los delirios de cualquier niño salvado por la poesía cuando descubre que nada en una ciudad es previo a lo humano, que todo es resultado de una ordenanza, de una arbitrariedad o de un milagro.

Un eslabón final que traza una simetría y un compromiso: cuando se busca la verdad no hay lugar para el autoengaño ni para la nostalgia.

La lucidez está manchada de sangre y de mierda.

La mente liberada que construye este libro está tan tatuada como la piel que ha dejado atrás, como las paredes de las ruinas, como las chapas de los portones mecánicos, y esos tatuajes que surcan algunas de las letras de toda las palabras deben ser entendidos como las muescas que indican un logro personal, una declaración secreta que define a un hombre y que brilla por su originalidad y valentía en un mundo público en el que lo privado es la última forma de resistencia a los embates de un ego lascivo y puritano.

Este libro es la crónica de la lucha por la construcción de una nueva ciudad mutante entre los anónimos y deslocalizados fondos de inversión y los ciudadanos que se niegan a renunciar a su nombre. Y esta lucha es trascendente porque lo que está en juego es la supervivencia del modo de cultura nacido en las ciudades, parido por la interacción en las plazas y bares entre los ciudadanos que se daban a sí mismos y a su ciudad un destino.

De ahí que no sea casual la irremediable eliminación de los espacios públicos y la sustitución de todo lo permanente y lento por lo fugaz y vacío.

Seremos, si ellos vencen, simplemente gente que está de paso en ciudades ajenas.

Y así, este libro es un manual de supervivencia para tiempos convulsos, que le permita a la ciudad enajenada reconocerse frente a la imagen que le devuelven los charcos, como si la perentoria pesquisa que lleva a cabo la mente del autor fuera la única manera en que puede, con rigor y belleza, llegar a tener conciencia de sí misma.

Este es un libro político en su sentido más arcaico y puro, seminal, como gustaría decir al autor, ya que fue escrito por un habitante nacido y crecido en una polis que se sigue construyendo y destruyendo simultáneamente a partir de la tensión secular entre la ecuación costo/beneficio que rige aquí desde el neolítico, el bien común postulado por Aristóteles como finalidad de la acción política de los que siempre terminarán amargados y perseguidos y los algoritmos de aumento del beneficio de las patrias empresariales que intentan gobernarnos.

Es una experiencia de funambulista en la que el texto hace un extraño equilibrio entre un conjunto apabullante de datos contrastados y sus consecuentes reflexiones y un misterio que se fundamenta en "la imaginación razonada" inventada por Borges para definir la literatura fantástica. Y todo ello sin red, en la confianza absoluta en la capacidad del lector para darse cuenta o para no enterarse de nada y olvidarlo todo.

El destino de todo libro es integrarse en la memoria del lector entusiasmando su imaginación o en servir como tope de la pata más corta de una mesa desequilibrada.

Para concluir, un libro para sobrevivir en el tiempo debe narrar una historia de amor.

Este libro lo hace.

Solo escribe así un hombre enamorado y agradecido que ha decidido compartir con cada uno de nosotros el profundo compromiso que te exige el conocimiento de la verdad.

                                               Begoña y yo nos fuimos a

                                               dormir tarde y entre risas.

Gabriel Bertotti 

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