Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

FAUSTO | 10 Febrer, 2011 08:00
"Por mucho que Monsieur Sartre me diga que soy miserable, víctima de mi condición humana (tal como LaSalle decía en los comienzos del marxismo: “En primer lugar hay que convencer al obrero de que es un desgraciado”), estoy decidida a ser feliz sin necesitar ese veneno cotidiano, recientemente inventado, llamado felicidad."
Estaba varado en el aeropuerto, la nieve impedía la salida. 
En el kiosco sucedió un milagro y encontré un libro de Paul Morand.
Había escuchado muchas veces ese nombre. Sabía que era un poeta francés de la época de Blaise Cendrars. Se lo mencionaba con admiración en Libro de réquiems y en El esnobismo de las golondrinas. Los dos libros de Wiesenthal que cambiaron mi comprensión del término esnob, que sin perder del todo una cierta carga negativa, dejó de referirse exclusivamente a papanatas arribistas que siguen ciegamente la moda y que se recargan de aptitudes y poses artificiales, para referirse a esos raros individuos que desafían lo correcto, marcando con ironía el lugar común. Eso me agradó. Cínicos que descreen de abstracciones e ideologías y que relacionan la bondad y la verdad con la belleza y el humor. Según esta definición es tan esnob el Nabokov que despreciaba la revolución rusa mientras cazaba mariposas como aquel crítico francés citado por Gaignault, en el Diccionario de literatura para esnobs, de la imprescindible Impedimenta, que se vanagloriaba de no haber leído a Marguerite Duras o a Michel Foucault porque usaban jerseys de cuello vuelto.
Lo curioso con los esnobs es que muchas de las actitudes u opiniones que en su momento resultaron chocantes, con el tiempo se hacen exactas. Además nunca cometen la torpeza de tomarse demasiado en serio y, como ha sucedido desde Lao Tse, parece como si hubiera que obligarles a hablar o escribir, de ahí que las manifestaciones esnobs por excelencia se encuentren en las líneas marginales de la literatura: el comentario paradójico o aforístico, el libro de viajes desganado y digresivo y los breves pensamientos de lógica hiriente, que siguen atacando la pereza implícita en el lugar común y la soberbia filistea del comisario cultural, desorientado ante la impúdica mezcla de lo ambiguo con lo frívolo.
Ambiguo: indiscernible.
Frívolo: (Dicho de alguien): En su grado positivo: que percibe claramente que el tiempo es un conjunto de instantes fugaces y actúa en consecuencia. En su grado negativo: un idiota.
Había leído de Morand, Venecias. Fue un descubrimiento. Algo milagroso que pasa pocas veces. Gracq. Quignard.
De ahí que leyera todo el librito que encontré en el aeropuerto en menos de una hora. Intenté hacerlo durar más tiempo, para matizar la espera, pero no pude. Detenerme, imponer un fin práctico al placer más puro, no sólo sería una grosería sino también una indecencia.
Pocas actividades entrañan más carga moral que la manera en que se lee un libro.
En la sala de espera había un cartel que anunciaba una exposición fotográfica de Lagerfeld.
“Hay una especie de justicia poética en el hecho de que Karl Lagerfeld haya sido director creativo de Chez Chanel”, pensé. ¿O no fue Coco Chanel la que dijo que al infame marica nada le parece suficiente para vengarse de la mujer?
Era de la vieja escuela. Previa a las aburridas épocas de corrección política.
Fue pobre. Fue huérfana. Fue maltratada. Fue puta. Fue inmensamente rica. Maltrató. Se recluyó como una virgen morfinómana. La aristocracia trabajaba (¡!) para ella. Trabajó toda la vida. Participó destacadamente en la destrucción del imaginario pequeño burgués francés del que hablaban Balzac, Flaubert y Zola, sin reclamarse artista, sin creerse inteligente y sin perder la sagrada ira que transformó una manera de vestir mezcla de baile de disfraces y sesión de tortura en otra en que la ropa era no sólo una cómoda extensión de la piel, sino también y por sobre todo la más clara y primaria manifestación personal.
Pero, y a pesar de reconocer sus innovaciones cada vez que salgo a la calle, los bolsillos en los trajes y en las faldas, el collar y los pendientes de perlas, las chaquetas y los blazers, el jersey, los zapatos con suela de corcho, el bolso que se lleva en bandolera, el color negro y el color blanco, la mística del 5, el cabello corto a lo garçon, los sombreros que se pueden poner, y de tener en cuenta cuando intento escribir o leer sus dos célebres axiomas: "la simplicidad es la clave de la verdadera elegancia y la moda se pasa de moda, el estilo jamás", es el crudo resultado, entre cruel y humorístico, entre escandaloso y exacto, de sus recuerdos y reflexiones, lo que me ha impactado.
Esa tarde, en el aeropuerto, un libro misterioso me fue concedido, en las mismas circunstancias de su concepción: la persistencia de la nieve.
Las confesiones que Gabrielle Bonheur, alias Coco Chanel, le hace a Paul Morand en el invierno de 1946 en Saint Moritz; alejada de su trabajo y de París, acaso para siempre, fumando sin parar, que Morand anota cada noche cuando regresa a su habitación. Y que treinta años después organiza y redacta como libro, su último libro.
Un diamante en bruto tallado por un orfebre invisible.
Dos seres, frívolos, que conversan, apenas molestos por la incomodidad más que metafórica de la ropa interior manchada, que sin embargo confiere una tremenda contextualización a sus ambiguas y clarividentes palabras.
¿Quiénes se exiliaban o trataban de ocultarse en la Europa de 1946?
Morand fue embajador de Vichy en Rumanía.
Chanel fue amante de un oficial de las SS de ocupación en París.
El ruiseñor que hace caca en la rama del almendro.
Ya no nieva.
Gabriel Bertotti
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...la moda pasa...el estilo jamás!...por eso te sigo a todas partes!!por tú ESTILO!
El hàbito no hace al monge; però da pistas. (Serrat)
Lo contrario de la elegancia es la vulgaridad, no la pobreza.
(Chanel)
¡Hoy se cumplen, exactamente, 40 años y 1 mes de su muerte! Una mujer extraordinaria: rebelde, transgresora, inteligente y elegante, como elegante es también tu artículo.
SER FELIZ CON Z....COMO DICE CAPUSOTO
Si hubiera podido abrir la boca
Te habría mordido.
Si hubiera podido hablar
Habría dicho:
¡Mierda no quiero vivir!
Blaise Cendrars.