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Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

Provocación. El delirio y el Mal.

FAUSTO | 05 Juliol, 2007 09:11

Introducció a  Jesús Imirizaldu.

Jesús Imirizaldu és un personatge d’aquests que si no existissin els hauríem d’inventar: Escriptor, traductor i editor de llibres exhaurits, viatger incansable sense fronteres, lector selectiu de gust impecable, culte orador  i mestre en l’art de mantenir una llarga conversa, va ser el meu professor d’anglès a l’institut i també ho va ser de l’al.lota amb la qual pocs anys després em vaig casar. Ara, Jesús, ens diu ben seriós i convençut,  que ell va ésser el nostre celestí

En acabar l’institut no ens tornàrem a veure en molt de temps. La meva feina anterior a la de llibreter i la de la meva dona ens portà lluny de Mallorca uns quants anys. Després, el destí, la constància i també la idea romàntica de viure dels llibres ens dugueren a obrir la llibreria a Manacor. Fou aquí, a Món de llibres, com un bon dia Jesús tornà a comparèixer a la nostra vida. Tanmateix no podia ser d’altra manera. Jesús és un malalt de llibres, una rata de biblioteca i la llibreria és un parany ple de formatges.

Fa poc vaig recomanar-li que llegís Provocación de Stanislaw Lem. Un llibre que, en la meva opinió, vessa intel.ligència per tots els costats i que, com ja vaig apuntar en una ocasió, ha esdevingut una de les millors lectures d’aquest any. Pocs dies després d’haver-lo llegit Jesús va fer-me una visita; Lem l’havia sacsejat més del que em pensava. Parlàrem de Provocación una bona estona i com sempre va ser tot un plaer escoltar-lo. Com que  procuro que no se m’escapi cap possibilitat de motivar als clients a escriure sobre els llibres i les lectures que més els han agradat, li vaig proposar que fes un article d’aquest llibre tan especial. Dit i fet, uns dies després per davall la porta de la llibreria ja hi havia el sobre amb el text que transcric a continuació. Espero que no sigui el darrer.

Fausto Puerto


 

Provocación. El delirio y el Mal.

 

 Lean, lean algo nuevo en el mercado aún emergente de literatura explicativa sobre el nazismo. Stanislaw Lem nos provoca en ésta su Provocación sobre la esencia del Mal, encarnada en el Nazismo. Del Mal o del Bien, según dónde se sitúe uno, si del lado de Cronos o del lado de los Titanes. Pues los nazis querían extirpar de raíz al “viejo” Cronos, ellos los jóvenes Titanes que querían imponer otra teofanía. Y la idea venía de largo en la Alemania escatológica, la que busca otras tierras para expandirse.

 

Desnudos morían los más indefensos: los ancianos, las mujeres, los inválidos, los niños. Desnudos, tal y como nacieron, caían al barro. El asesinato sustituía aquí a la  vez a la jurisprudencia y al amor. El verdugo se presentaba ante la multitud de gente desnuda que se preparaba para morir, medio padre, medio amante: les condenaba a una muerte justa, como el padre que con justicia azota a sus hijos, como el amante que, la mirada clavada en la desnudez ofrece una caricia.”

 

El delirio cósmico de ambición de poder de los nazis – y no tanto de poder terrenal – era absoluto. Se trataba de aniquilar al padre, el viejo Yahveh, y establecer ellos un poder que duraría eones de tiempo, ellos mismos eones...

 

Entonces, ¿Qué ejemplo podían seguir? Bañados en tripas humanas hasta las rodillas, chapoteando en el matadero, ¿Cómo y a quién iban a imitar para no perder de vista sus aspiraciones? El camino más asequible para ellos, el del kitsch, los llevó muy lejos, hasta el mismo Dios...El severo Dios padre, por supuesto, no ese llorica, Jesucristo, Dios de la piedad y de la salvación a través del sacrificio.”

 

El genocidio lo ve Stanislaw Lem a esa escala y no de forma racionalista y positivista. Por voluntad, rasgo típico alemán, crearían un orden nuevo no político sino espiritual-religioso y su régimen navegaría por ese río hacia la implantación de un hombre radicalmente nuevo en un Reich que duraría milenios. A su lado, la aventura y ambición de otros genocidas, especialidad del siglo XX, parecen un juguete en manos de un niño de pecho. El genocidio de los judíos no era sino la primera piedra – y aún pequeña – de un gigantesco edificio de locura teocrática a la tudesca.

 

Nada creado por primera vez puede ser kitsch. El kitsch supone siempre una imitación de algo cuya autenticidad resplandecía en la cultura de su tiempo, pero que fue repetido y pulido tantas veces que finalmente se desgastó. Una versión tardía, una copia chapucera de una obra de arte magistral, corregida por imitadores sin imaginación, que ponen cada vez más pintura y barniz para contentar gustos cada vez más mediocres, porque el kitsch emperifollado, presumido, ostentoso, generalmente supone un final de camino y constituye una degradación trabajada con esmero, en todos sus detalles, una composición en estado de estreñimiento esquemático. Normalmente un esbozo no puede ser kitsch, ya que le da al ojo que lo mira la oportunidad salvadora de agregar algo de su parte, cosa imposible en el caso del infalible kitsch. En el kitsch, el llamado mal gusto consiste en la involuntaria ridiculez y pomposidad de unos símbolos inflados hasta el límite

 

Si alguien creía saber bastante sobre el nazismo y su envolvente plasticidad, que lea este breve, violento, total texto en su certeza y novedad sobre el infierno del que nos libramos quienes aún podemos leer a Stanislaw Lem.

 

Jesus Imirizaldu

 


 

La muerte iguala a todos los muertos. Las víctimas del Tercer Reich, igual que los sumerios y los acadios, no existen, porque los que murieron ayer se convierten en la misma nada que los muertos de hace miles de años. Sin embargo, actualmente el genocidio tiene otro significado, y me refiero al sentido humano del crimen cometido, que no se descompuso con los cuerpos de las victimas, que sigue entre nosotros y que debemos reconocer. Este reconocimiento es nuestro deber aunque no resulte eficaz como medio profiláctico del crimen, porque el hombre debería saber sobre sí mismo, sobre su historia y su naturaleza, más de lo que le es cómodo o útil en términos prácticos. No me dirijo a la conciencia sino a la razón.”

 

Stanislaw Lem

 
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