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Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

Márai y muerte

FAUSTO | 29 Gener, 2009 08:00

    Acaso la única forma de juzgar la vida de un hombre sea analizando la manera en que enfrentó la certeza de la muerte y el dolor. No la certeza teórica que todos compartimos, puesto que lo único absolutamente seguro que nos depara la incertidumbre es que irremediablemente moriremos, sino la certeza vital, valga la paradoja, de la muerte.

¿Cómo enfrentó, a la casi insoportable edad de 89 años, después de haber asistido a la terrible agonía de la compañera de toda la vida y a la desaparición de los amigos, no la muerte, sino lo que le quedaba de vida, Sándor Márai?

Un anciano con cuarenta años de exilio a sus espaldas; años en los que su país se transformó en mero apéndice ratonil de la vulgar sovietización de Europa Central; años en los que su obra literaria pasó al olvido; en que su lengua, en medio del exacto inglés, parecía una antigua floritura creada por una hada ebria; un anciano definido por su poderosa mente y no por los gastados contornos de un cuerpo inmenso y agotado.

A veces, para entender el final debemos hablar del inicio.
¿O no es casi de obligado cumplimiento el ritual de inscribir en lápidas las dos fechas iniciáticas y terminales, como una fórmula austera que define una vida?

Sándor Márai.1900-1989.

1900: Así comienzan sus Memorias (Confesiones de un burgués):

En la ciudad no había más que una docena de edificios de dos pisos: nuestra casa, los dos cuarteles militares y algún que otro inmueble de la administración pública”.

En una frase aparentemente trivial Márai hace uso de su sutileza. Le basta con mencionar que su casa era una de la docena de edificaciones de dos pisos para establecer su pertenencia al estrato burgués. Y “dos cuarteles militares” e  “inmueble/administración pública” para enunciar la ominosa presencia burocrática del Imperio Austro-Húngaro.
 
Pocas y poco inocentes palabras que lo hacen pertenecer así al mismo universo de discurso que KafkaRoth, que Svevo y Zweig.

1989: Última entrada de sus Diarios:

15 de enero.

Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora.”

Y aunque su principio haya sido común al de ciertos escritores centroeuropeos, su suicidio lo diferencia radicalmente, en su final, de otros no menos dramáticos: Hemingway apoyando el caño de la escopeta en la frente, perdido en un cuerpo de oso estragado; Cesare Pavese, solo, en un hotel, en un Turín helado, anotando en su Diario: “No escribiré más, basta un gesto”; Emilio Salgari abriéndose la tripa en un banco de plaza, sufriendo sentado; Hart Crane despidiéndose de todos (“Goodbye, everybody!”) antes de lanzarse a las aguas del Golfo de México; Paul Celan ahogado en el Sena; Primo Levi, ejecutando sus conocimientos de química; Stefan Zweig muerto de fría desesperanza en..¡Brasil!; todas, muertes ritualizadas por la depresión o la enfermedad.

Sin embargo, ni en la muerte ni en la vejez de Márai existe esa tristeza mental, de observador hastiado por no participar en el flujo de la vida, que es inseparable del depresivo o del enfermo.

¡Márai tenía 89 años!
¿Cuántos ancianos si se les diera la opción, a esa edad, no elegirían acabar ya con su vida?
¿Cuántos años más de piernas agotadas, raspando el suelo en vez de caminar?
¿Cómo no sentirse apabullado por la presencia de la absoluta soledad?

Ya no sólo han muerto mis familiares directos, mis compañeros de profesión y de estudio, sino mis enemigos también. Si volviera a Budapest no encontraría a nadie con quien enfadarme”.

Márai murió como un soldado en el frente de batalla. De una batalla para la que ya no quedaba ni retaguardia ni camaradas de armas.

 “Cada día muero”, dice san Pablo. La frase describe literalmente mi situación vital día a día. La muerte está muy cerca, percibo su aliento, su olor. Sin embargo, tal familiaridad no me asusta, sino que más bien me apacigua”.

Para definir “paz” se pegó un tiro el 21 de Febrero.
Un tiro que fue como la conclusión de un Teorema.

Gabriel Bertotti

 
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