Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

FAUSTO | 18 Març, 2010 08:00
Le permitía hurgar entre los libros. El olor a papel, “a bosque”, decía el cliente llamado Borges, se mezclaba con el del café que el librero le preparaba cuando, habiendo
retornado de alguna de sus expediciones por estantes y pasillos, dejaba los libros elegidos sobre el mostrador de madera lustrada. Era un tipo alto y regordete. “Hay algo líquido en ese hombre”, pensó el librero. Parecía una especie de gigantesco y abandonado sapo perdido en un mundo demasiado seco. Era tartamudo, temía a las mujeres y vivía leyendo. “A veces escribo”, le dijo mientras sin disimulo examinaba los libros que el librero sacaba de una caja recién llegada de Londres. Eligió uno. Le gustó el título y que el autor fuera irlandés. Pagó, le tendió una mano pequeña y fofa, casi anfibia, y se marchó a su pequeño departamento. El taxista le escuchó repetir en voz monocorde una extraña letanía. “Sterne. Swift. Bram Stoker. Wilde. Shaw. Yates.” Una pausa. “Joyce”. Este último siempre iba solo y después de un breve silencio.
El mismo silencio que siguió a la lectura apasionada de uno de los falsos poemas escrito por alguno de los falsos narradores de un libro que producía las mismas ilusiones que un conjunto de espejos enfrentados. El que leía era un joven alto, de pelo cortado al cero. Escupía las palabras, transformándolas en objetos que golpeaban al elegante anciano que escuchaba con atención. Un ojo cerrado, el otro tapado por un parche. El libro había sido escrito por un compatriota. Uno que había decidido quedarse en aquel país pobre, húmedo y católico. Ellos, hacía años que habían escapado de la isla, impulsados por otros dioses. Bebían un whisky áspero, ahumado por la turba de Islay. Beckett, el joven con cara de águila, pronunciaba el inglés con un acento gaélico que hacía las delicias del anciano:
Soy un hombre del Ulster, y un hombre de Connacht y
un griego,
soy cuchulainn y soy Patrick,
soy Carbery-Cabeza-de Gato y soy Goll,
soy mi propio padre y soy mi hijo,
soy todos los héroes que han sido desde el inicio del
tiempo.
“Soy un mosquito”, concluía James Joyce, y agregaba: “Es un libro en verdad muy divertido. (Una pausa). ¿Otra copa?”.
El editor de Longman invitó a uno de sus empleados, el novelista Graham Greene, a beber un poco de un antiguo whisky irlandés. El sabor dulzón del cereal destilado le soltaba la lengua. “Debo pedirle que afine sus capacidades, mi amigo”, le dijo. “¿Recuerda haber escrito esto?” Tomó un trago, chasqueó la lengua y comenzó a leer: “Es un libro en la línea de Tristram Shandy y de Ulises; su sorprendente humor no oculta la seriedad de sus intenciones: presentar de manera simultánea todas las tradiciones literarias de Irlanda”. Cuando terminó hizo una pausa y miró unas facturas. “Hemos vendido solamente 244 ejemplares. ¿No le parece que está perdiendo su capacidad..digamos..antes certera de descubrir buenos autores?”. Greene preguntó: “¿Puedo?” Y se sirvió un buen vaso. Años después rescataría de una editorial vulgar el Lolita de Nabokov. Pero entonces aún no lo sabía.
Durante más de veinte años, Borges, escritor secreto de un país recóndito, para quien la palabra Irlanda era verde y mágica, fue uno de esos 244 lectores diseminados por el mundo. Una bomba incendiaria alemana destruyó el almacén de Longman en Londres, acabando de manera catastrófica con la existencia de todos los ejemplares restantes de At Swim-Two-Birds, el maravilloso y enigmático libro no reeditado hasta el final de los sesenta, cuando ya Greene, translúcido por el alcohol, había dejado de ser un prometedor escritor, y Beckett, siempre recto con la ayudita de un buen Jameson, se paseaba por París, ya lejano el tiempo en que en Trieste le leía al viejo y casi ciego Joyce la obra de un autor estragado por el alcohol que había transformado su nariz de elfo en una patata surcada por venillas rojas. Se llamaba Brien O´Nolan cuando trabajaba como empleado público; Myles na gCopaleen, cuando ejercía de periodista y escritor costumbrista y Flann O´Brien, cuando se desmelenaba escribiendo artefactos sorprendentes como At Swim-Two-Birds o El tercer policía, novela que Nadie se atrevió a publicar. “Bueno, finalmente la he perdido”, mintió en el Pub ante ninguna pregunta.
Borges, el escritor regordete que escribía reseñas literarias en una revista de señoras que jamás las leerían, esperó que la Madre hubiera apagado la luz de su habitación, y en voz alta declamó:
Soy un hombre del Ulster, y un hombre de Connacht y
un griego,
soy cuchulainn y soy Patrick,
soy Carbery-Cabeza-de Gato y soy Goll,
soy mi propio padre y soy mi hijo,
soy todos los héroes que han sido desde el inicio del
tiempo.
Soy un mosquito.
No bebía, pero se sentía embriagado. Las manos ya no más fofas, escribían con la firmeza con que los viejos labriegos paganos conducían el arado:
“He enumerado muchos laberintos verbales; ninguno tan complejo como la novísima obra de Flann O´Brien: At swim two birds. Un estudiante de Dublín escribe una novela sobre un tabernero de Dublín que escribe una novela sobre los parroquianos de su taberna (entre quienes está el estudiante), que a su vez escriben novelas donde figuran el tabernero y el estudiante, y otros compositores de novelas sobre otros novelistas. Forman el libro los muy diversos manuscritos de esas personas reales o imaginarias, copiosamente anotados por el estudiante. At swim two birds no sólo es un laberinto: es una discusión de las muchas maneras de concebir la novela irlandesa y un repertorio de ejercicios en verso y prosa, que ilustran o parodian todos los estilos de Irlanda. La influencia magistral de Joyce (arquitecto de laberintos, también; Proteo literario, también) es innegable, pero no abrumadora, en este libro múltiple.
Arturo Schopenhauer escribió que los sueños y la vigilia eran hojas de un mismo libro y que leerlas en orden era vivir, y hojearlas, soñar. Cuadros dentro de cuadros, libros que se desdoblan en otros libros, nos ayudan a intuir esa identidad”.
Contento por haber acabado a tiempo la reseña, se deleitó leyendo en voz alta, a la manera en que los piratas clamaban ¡Al abordaje!, un fragmento de la obra de O´Brien:
“Una noche volvió a su casa y se tomó tres tazas de té con tres cucharadas de azúcar cada una y se cortó la yugular tres veces con una navaja barbera y garrapateó con una mano agónica sobre una foto de su esposa adiós, adiós, adiós”.
“¡Oh, Dios de Israel, concédeme una mujer!”, pensó antes de apagar la luz y aceptar el solitario insomnio que duraría cuarenta años, hasta que ya viejo, delgado y ciego, su plegaria fuera atendida y conociera el amor.
Gabriel Bertotti
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Un artículo metaficcional que nos habla de un libro metaficcional...Sigues subiendo escalones.
Que maravilla!!!siempre sorprendes e invitas a que uno aprenda mas del mundo literario , gracias