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Articles sobre literatura escrits pels amics de la llibreria Món de Llibres.

Las mujeres de mi vida. Una educación sentimental.

FAUSTO | 18 Desembre, 2008 08:00

      Una oscura costumbre masculina se manifiesta en la imagen del cazador que enumera sus presas. Displicentes conquistadores evolucionan hasta el barroquismo del catálogo que el fiel Leporello canta en una de las más exquisitas arias del Don Juan de Mozart. “En España, 1003”.

Yo para no ser menos intentaré lo mismo, sin embargo, adaptándome a los nuevos tiempos de corrección indispensable, me referiré a las pretéritas conquistas femeninas como a las mujeres que han influido en mi vida. Mujeres de las que en la gran mayoría de casos desconozco el color de los ojos y la forma del cuerpo; sólo puedo remitirme a sus escritos y a las consecuencias que ellos han marcado en todo mi devenir.

La primera corresponde al final de la infancia y atesora su influjo en las misteriosas mitologías que según Harold Bloom escribió la llamada J. Sin precisar jamás sus métodos, el erudito afirma que es casi indudable que los primeros libros de lo que posteriormente se conocerá como Biblia fueron escritos por una mujer. La imaginé en aquellos tempranos espasmos cognitivos casi escuálida, respetada y temida, apartada junto a las pieles de carnero en las que escribía la historia.

La segunda, ya en la efervescencia de la adolescencia, era poseedora de un nombre que derivaría en posteriores represiones y ocultamientos, Safo, pero que en ese momento fundacional se me ofrecía en una mítica isla aun no estereotipada, conquistándome con versos misteriosos:

Qué puedo hacer, no lo sé: mis deseos son dobles

O sugerentes:

Las Pléyades ya se esconden,
la luna también,
las horas pasan y voy a acostarme sola
”.

Tiempo después, cuando el brote hormonal se había transformado en la necesidad de  engañar a la entropía, se me presentaron tres mujeres que hablaban en susurros y que nunca negaron la belleza de las flores mustias, Alfonsina Storni, Silvia Plath y Alejandra Pizarnick. Lo que las diferenciaba era el método escogido para salir de la vida. Hecho que en plena post-adolescencia inmortal se presenta casi romántico a la curiosidad del joven entomólogo. La primera se eliminó ahogándose por agua, la segunda por gas, la tercera por química.
Hay un poema de la segunda que lo dice todo, así comienza:

No es una noche para ahogarse: luna llena,
 río negro bajo un suave brillo de espejo

Y así termina:

Piedra, piedra, llévame al fondo”.

No parece necesario explayarse en las siguientes jóvenes que habitaban el páramo, mi relación con ellas fue silenciosa y casi mística, emisarias de un dios oscuro, sus voces eran mezcla de tormenta y musgo. Las hermanas Brontë aún me acompañan en los días invernales, en que sólo sus palabras de hierro pueden atenuar el fuego verde.

Allá, bajo la colina, están Heathcliff y una mujer-gimoteó-, y no me atrevo a pasar”.

Y a mí me pasa lo mismo.
Por suerte y a pesar del misterio perdurable de Emily Dickinson;

Ver el Cielo de Verano Es Poesía,
Aunque no esté en un Libro
-Los verdaderos Poemas huyen-
;

el corazón de la fruta madura que reveló Marguerite Duras se transformó en licor destilado junto a un fuego ya no verde, sino azulado: el pañuelo que cubría su cabeza y sus andares de matrona hacían que el tiempo se anulara y que el mundo arcaico de Marguerite Yourcenar se hiciera más verdadero que el que acontecía del otro lado de mis ojos.
A ella me entregué y las Memorias de Adriano, el Opus Nigrum o Una vuelta por mi cárcel absorbieron por un largo tiempo mi corazón vagabundo.

Hasta que apareció la baronesa Blixen, que transformada en la falsamente masculina Isak Dinesen me sacó del marasmo vanguardista y me devolvió a las sabrosas aventuras bien contadas.

Y de ahí, infiel, a la manera de todo hombre, compartí tiempo y espacio con Clarice Lispector, que me mareaba gratamente con su portugués ucraniano, o Marianne Moore una erizo que reveló una forma más segura que la de un armero: el poder de renunciar a lo que se quiere conservar;
eso es libertad.

Y yo que callaba para no defraudarla pensaba sin embargo en la maravillosa interdependencia de todas las mujeres que he amado por medio de la palabra; la magnífica concupiscencia del que a ninguna renuncia y que de todas disfruta en silencio y atención, sagrados requisitos por ellas exigidos.

Y así, único hombre en un mundo de mujeres, me escondo entre los juncos y  escucho a la abuela de todos los Poetas, que con la misma clara voz de las damas Murasaki y Shonagon, me da la última lección de economía y belleza, mientras se despide de la vida en un atardecer helado:

Se enciende
Tan tenuemente como se apaga:
Una luciérnaga
.

Gabriel Bertotti

 
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